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La última entrega de esta serie la iniciamos con el Idealismo… no es un tema menor pues es fácil confundirlo con las “ideologías”. Distinciones que revisaremos en su momento, no lo olvidaré. Ahora bien, se suele dar por clausurado el idealismo con Friedrich Hegel amén de la inversión marxista. Así, el siglo XX parecía confirmar ese veredicto. El positivismo lógico expulsó la metafísica del ámbito del conocimiento legítimo y el giro lingüístico de Ludwig Wittgenstein desplazó el problema del ser al problema del sentido aunque sigo pensando que hay mucha metafísica en el filósofo. Por tanto, el materialismo en sus variantes políticas y científicas ocupó el espacio que el idealismo había dejado. Sin embargo, declarar muerta una tradición filosófica con dos milenios de historia resultó, como casi siempre, prematuro. El idealismo no desapareció: se transformó.
Conviene, pues, recordar qué significa eso en términos concretos. El idealismo, en cualquiera de sus versiones históricas, sostiene que la realidad no puede separarse del acto de conocerla, que el mundo tal como lo experimentamos lleva las marcas del sujeto que lo experimenta. No es una afirmación sobre si las cosas existen cuando nadie las mira, pregunta que el idealismo serio nunca formuló con esa ingenuidad. Es una afirmación sobre la estructura de lo real: que el espacio, el tiempo, la causalidad, las categorías con las que organizamos la experiencia no son propiedades que el mundo tiene independientemente de nosotros sino condiciones que el sujeto aporta para que haya experiencia posible, no lo olviden. Lo que el siglo XXI ha descubierto, sin necesariamente reconocerlo como herencia idealista, es que esa pregunta no ha sido respondida sino desplazada. Cada vez que la ciencia avanza en la descripción del mundo objetivo, reaparece con mayor nitidez la pregunta por el sujeto que describe, por las condiciones que hacen posible esa descripción, y por la relación entre el pensamiento que formula las leyes y la realidad que esas leyes pretenden capturar. Parece un trabalenguas, lo sé.
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Empero, la grieta más visible se abrió en la filosofía de la mente. Durante décadas, el materialismo científico prometió que la conciencia sería explicada cuando la neurociencia alcanzara suficiente resolución: bastaba con mapear los procesos cerebrales con la precisión necesaria y la experiencia subjetiva quedaría reducida a sus correlatos físicos. Esa promesa no se ha cumplido, y su incumplimiento no es técnico sino estructural. El problema no es que falten datos sobre el cerebro: es que ningún dato sobre el cerebro, por detallado que sea, explica por qué esos procesos físicos van acompañados de experiencia cualitativa. Por qué hay algo que se siente como ver el rojo, escuchar una nota musical o sentir el peso de una decisión moral. La descripción en tercera persona, por más exhaustiva que sea, deja intacta la pregunta por la experiencia en primera persona. Esa brecha, que la filosofía de la mente contemporánea llama “el problema difícil de la conciencia”, es precisamente la brecha que el idealismo clásico había identificado como su punto de partida: la irreductibilidad del sujeto al objeto, de la experiencia a la cosa.
Por tanto, lo que esto significa para el idealismo en el siglo XXI no es un triunfo sino una rehabilitación de la pregunta. El materialismo no ha sido refutado: ha encontrado un límite que no puede atravesar con sus propios recursos. Y ese límite no es el de la ignorancia provisional sino el de la estructura misma del problema: describir la conciencia desde fuera es, por definición, no describir la conciencia como tal. Eso no implica que la conciencia sea inmaterial en ningún sentido místico. Implica que la categoría de materia tal como la ciencia la maneja, como objeto de descripción en tercera persona, no alcanza para dar cuenta de la experiencia tal como ocurre en primera persona. El idealismo contemporáneo no sostiene que la mente crea el mundo: sostiene que el mundo tal como lo conocemos es inseparable de las condiciones bajo las cuales es conocido, y que esas condiciones no son ellas mismas materiales en el sentido en que lo es una roca o una neurona.
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En la física, la pregunta sobre el papel del observador en la constitución de la realidad lleva un siglo sin respuesta definitiva. La mecánica cuántica, en su interpretación más estándar, sugiere que las propiedades de las partículas subatómicas no existen con independencia de la medición: solo la interacción con un sistema de observación determina un resultado. Esa sugerencia, que los propios físicos han debatido sin clausurar el debate, no equivale al idealismo filosófico en su forma clásica, pero introduce en el corazón de la ciencia más rigurosa una pregunta que el materialismo ingenuo no puede procesar: si la realidad a nivel fundamental no tiene propiedades definidas con independencia del acto de medirla, qué significa exactamente afirmar que esa realidad existe con independencia de todo observador. La pregunta no tiene respuesta consensuada entre los físicos, lo que revela que el problema no es experimental sino filosófico, y que la filosofía que ese problema requiere tiene una deuda no reconocida con la tradición que Platón de Atenas inauguró y que Hegel cerró sin resolver.
Así pues, la insistencia en que la realidad tal como nos es accesible, la única realidad sobre la cual podemos hablar con alguna coherencia, lleva inscritas las condiciones del sujeto que la conoce. Que esas condiciones no son transparentes ni neutrales. Que todo conocimiento del mundo es simultáneamente un conocimiento de las condiciones bajo las cuales ese mundo aparece. Y que ignorar esa doble estructura no produce objetividad: produce ingenuidad filosófica disfrazada de rigor científico.
El idealismo sobrevive en el siglo XXI no como doctrina sino como exigencia: la exigencia de no olvidar que entre el pensamiento y la realidad hay una relación que no se agota en la causalidad física y que cualquier descripción del mundo que omita al sujeto que lo describe ha omitido algo que ninguna cantidad ds datos puadc r ponlr.
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