Cada primera semana de agosto, México se suma a la Semana Mundial de la Lactancia Materna con carteles que celebran el vínculo entre madre y bebé. Pero basta mirar a la mujer que amamanta en una banca del parque o a quien prepara un biberón en la sala de espera del pediatra para notar que ese vínculo casi nunca se vive en paz. A una se le exige que se cubra; a la otra, explicar por qué no le da pecho.

La ley mexicana es clara al respecto: el Artículo 9, fracción XXXIV, de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, reconoce el derecho de las mujeres a amamantar en espacios públicos, y la Ley de Cultura Cívica de la Ciudad de México sanciona con arresto de 25 a 36 horas a quien condicione, insulte o intimide a una mujer que da pecho en la vía pública. Teóricamente, amamantar es un derecho protegido. En la práctica, sigue siendo motivo de miradas incómodas, comentarios de “eso se hace en casa” y, en algunos casos, de pedirle a la madre que se retire a un baño.

Pero hay otra cara de una ley menos conocida. De acuerdo con el artículo 170 de la Ley Federal del Trabajo, las madres trabajadoras tienen derecho a dos descansos al día o a reducir su jornada para amamantar o extraer leche tras su reincorporación. En realidad, la mayoría de los centros de trabajo carece de un lactario digno, así que ese derecho suele ejercerse en un baño o, de plano, no ejercerse.

Y sin embargo, del otro lado del mismo tabú está la madre que no amamanta o que no puede hacerlo. Según cifras de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) de 2018-2019, apenas 28.6% de las y los menores de seis meses reciben lactancia materna exclusiva en México, muy por debajo de la meta de 50% que había fijado la Organización Mundial de la Salud. Detrás de ese número hay historias de leche que no baja, cirugías, medicamentos incompatibles, trabajos sin salas de lactancia y, también, decisiones. Ninguna de esas razones suele bastar para librar a una madre del juicio.

Especialistas en lactancia coinciden en que buena parte de la culpa nace antes de dar a luz: se les dice a las mujeres que amamantar es “natural” e “instintivo”, como si no requiriera aprendizaje ni acompañamiento. Cuando la lactancia no sale como se prometió, la primera lectura suele ser personal –“no supe”, “no me esforcé lo suficiente”–en vez de estructural. Una amiga me contó, indignada, cómo al nacer su hijo se lo llevaron al cunero y le dieron fórmula sin siquiera preguntarle; su caso no es el único. Casi la totalidad de las mujeres inicia la lactancia en el hospital, pero solo una fracción logra sostenerla más allá de los primeros meses, algo que la Liga de la Leche describe no como una falla individual, sino como un fracaso colectivo en acompañar a quienes sí quieren amamantar.

Llama la atención cómo ambas experiencias, amamantar en público y alimentar con fórmula, terminan colocando a la mujer en el mismo lugar: el de tener que justificar, frente a extraños, cómo alimenta a su hijo o hija. La discusión rara vez es sobre el bebé. Es sobre qué tan bien, o tan mal, está cumpliendo esa mujer con la idea que la sociedad tiene de una “buena madre”.

Quizá la pregunta que vale la pena hacerse en esta semana no es si se debe amamantar en público o si la fórmula es una opción válida. Ambas ya tienen respaldo legal y médico. La pregunta es por qué, haga lo que haga, lo que da y decide mamá nunca es suficiente para la sociedad.

@MaElenaEsparza

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