Pasó el 1 de julio y, como se esperaba, el TMEC no se renovó por 16 años más. Trump se negó. No es el fin del tratado sino algo quizás más incómodo: la incertidumbre como condición de operación.

Desde el inicio del TMEC se acordó que tendría una duración de 16 años. A los seis, se revisaría para que los tres países manifestaran su interés en continuar por otros 16 años o en hacerle modificaciones que resultaran pertinentes.

Después de muchas conversaciones y de arduas horas de trabajo entre Washington y México, México y Canadá expresaron formalmente su intención de renovar el acuerdo por 16 años más, pero Jamieson Greer, el representante comercial de Estados Unidos manifestó que ellos no tendrían ese interés y que, por tanto, mantendríamos conversaciones anuales durante la vigencia restante del acuerdo, los diez años que faltan.

No pensemos que hay fechas fatales en esta conversación. Cualquiera de los países miembros puede salirse en el momento que lo desee dando aviso con seis meses de anticipación. La amenaza que Estados Unidos usa es, en realidad, una posibilidad de salida que tienen los tres socios. Sin embargo, la forma es fondo. Greer anuncia en realidad la intención de mantener a los otros dos socios amenazados sobre una salida del socio más grande. Eso no es estabilidad. Es una palanca de presión permanente en manos de Washington.

El tratado está vivo, el comercio bilateral sigue fluyendo con dinamismo y México se encuentra en una posición comercial sólida. El IMCO acaba de publicar una investigación que propone algo acorde al momento actual: si los aranceles llegaron para quedarse, entonces las métricas con las que medíamos el éxito comercial de México ya no sirven. Arancel cero, acceso pleno, nuevos acuerdos multilaterales: esos ya no son los parámetros relevantes. Lo que importa ahora es la ventaja relativa frente a otros proveedores. En ese terreno, México gana.

Las importaciones mexicanas en EU pagan en promedio una fracción de lo que pagan las alemanas, las japonesas o las vietnamitas. Como la mayoría de las exportaciones mexicanas están amparadas bajo el T-MEC apenas uno de cada seis dólares exportados queda expuesto al pago de aranceles. China, para comparar, tiene nueve de cada diez dólares expuestos. Hay una ventaja estructural.

Pero México también le compra a Estados Unidos en proporciones que revelan una relación de coproducción. En sectores como electrónica o equipo eléctrico, el déficit que México genera con su vecino es casi proporcional a lo que Estados Unidos le exporta de vuelta en esos mismos rubros. Frenar el acuerdo no reduce un desequilibrio, pero sí desarma una cadena que la industria estadounidense necesita.

La incertidumbre tiene un costo real que los indicadores no capturan: la inversión que se posterga, la que no se realiza o la que busca otro destino. El TMEC en espera no es un TMEC muerto, pero está lejos de ser un escenario comercial deseable.

Lo que necesita México ahora es prepararse para otro escenario. Tomarse en serio las vías que elige para forjar un mercado interno y hacer las tareas que no ha hecho. Está por verse si se tiene la disciplina para tomar esas decisiones.

@ValeriaMoy

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