No hay discrepancia entre quienes han escrito sobre el espíritu de las y los mexicanos: amamos la fiesta. Al menos un día de fiesta, escribió Paz, “para callar el resto del año”. Es la cultura de la contrarreforma, diría Samuel Ramos, que nos lleva a concentrar toda la energía en un episodio simbólico que libera a la gente de sus cadenas: el santo del pueblo, la fecha patriótica, la boda de los muchachos, el triunfo de la selección.
Fue André Breton quien afirmó que México era el país más surrealista del mundo. Lo que no dijo el fundador de ese movimiento es que el surrealismo es la vacuna ante una realidad insufrible: cuando la libertad solo existe en las normas, la gente se rebela trastocando la secuencia lógica de los hechos. La fiesta también sirve para romper límites con impunidad. Es el único momento en que las fronteras de clase, de raza, de género, de cultura, de edad o de jerarquía pueden saltarse con la complicidad de quienes comparten el peso de la diferencia habitual. Una parte fundamental de la fiesta es que no hay reglas. Cada quien actúa como le dicta su leal saber y entender y, al final, los más reprimidos se liberan efusivamente.
La cosa es “reventarse” a conciencia y en bola, hasta el paroxismo. No todos lo hacen, pero quienes lo hacen sellan el desenlace de la pachanga. En las bodas, por ejemplo, sucede como una regla de oro: después de los rituales, los discursos y la comida, vienen los bailes animados por el alcohol. Todo parece fluir en medio de la alegría colectiva hasta que alguien se sube a una mesa a improvisar un espectáculo individual, o alguien inicia una riña, o alguien se adueña de los micrófonos para cantar a gritos o un grupo de jóvenes comienza a brincar y a empujarse en la pista de baile o, ya de plano, alguien saca una pistola y dispara hacia el cielo. En todo caso, los signos del desenfreno son elocuentes y quienes prefieren evitarse ese giro hacia la tragedia huyen antes.
Si la fiesta no permite el exceso, no es fiesta, pues se trata de una alteración deliberada de la rutina que empieza desde la ropa (nadie se viste todos los días como si fuera a una boda, ni tampoco usa la camiseta verde como uniforme habitual), pasa enseguida por la actitud dispuesta a reír a carcajadas, a celebrar chistes y despropósitos de toda índole (como “hacer volar” a la gente o gritar y saltar como grupos tribales celebrando un ritual sagrado) hasta llegar, al final, al giro que empuja a rebasar la frontera de la más elemental sensatez. Muchos dirán luego –como lo escribió hace ya casi un siglo el genio de Elias Canetti– que “se dejaron llevar” por la conducta de otros: nadie es culpable de nada; Fuente Ovejuna queda indultada.
Mientras escribo, no tengo idea si la selección mexicana le ganó a los ingleses. Pero sé de cierto que hoy estaremos haciendo el recuento de las locuras sucedidas después de ese juego, ya para celebrar el paso triunfal de los futbolistas que representan a México o ya para dolernos de la derrota. De todos modos, hubo pantallas por todas las ciudades del país, hubo multitudes siguiendo y gritando durante el partido y hubo fiesta. Pero esta vez, apuesto doble a que las alegrías fueron superadas por los controles y a que las policías tuvieron que trabajar doble para moderar los excesos eufóricos por el triunfo o la tristeza desesperada por el fracaso.
Prefiero el triunfo. Pero ya todos sabemos que cualquiera que sea el desenlace del encuentro de ayer, nuestra selección habrá superado con creces sus propios límites y todos sus precedentes. Y también la gente. Si viniera otro partido, éste se jugaría en Estados Unidos añadiendo más dramatismo a la defensa de la “dignidad nacional”. Si así fuera y el equipo ganara, prefiero no imaginar cómo sería esa última fiesta.
Investigador de la Universidad de Guadalajara
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