La gente ha salido a las calles a celebrar de manera espontánea y masiva cada triunfo de la selección nacional de futbol y tras cada uno de ellos, se han sumado más y más voces a los festejos eufóricos. En la capital del país se contaron más de 800 mil, en Guadalajara y en Monterrey, más de 150 mil y en el resto de las entidades, sumadas, más de 1 millón. No son triunfos definitivos (apenas es la primera fase) pero son triunfos inéditos: nunca se habían ganado los tres juegos de eliminación sin recibir ningún gol en contra. Los símbolos patrios se han cubierto de gloria.

Nadie convocó a esas manifestaciones. Ya todos saben que los puntos de reunión están en El Ángel, en la Minerva, en el Fundidora o en las plazas de siempre donde la única organización posible es la desorganización, las banderas, los gritos, los bailes improvisados, algunos disfraces y el huateque generalizado. Nadie sabe si la selección nacional llegará al quinto partido, pero no importa. Ya ganamos los tres primeros y ya tuvimos motivos de sobra para salir a las calles a compartir, por fin, un motivo común de alegría. Aunque no dure mucho, la gente ha reivindicado la emoción que define a la democracia (según la afortunada definición de Amparo Menéndez): sentirse a salvo entre extraños.

La tentación de sacarle provecho a la algarabía desatada por el deporte es tan antigua como impredecible. Todos los gobiernos de todos los tiempos y de toda la gama ideológica lo han intentado, con resultados tan inciertos como los que apuestan por el triunfo en el siguiente partido. Hay algunas experiencias dichosas, como la del Campeonato Mundial de Rugby de 1995, que Nelson Mandela convirtió en símbolo de reconciliación racial gracias al éxito de su equipo nacional; y otras vergonzosas, como la que siguió al triunfo de la selección de Argentina en la Copa Mundial de 1978, cuando ese país era gobernado por el general Videla. Pero más allá de saber que el vínculo entre la política y el deporte es inevitable, nadie puede anticipar con certeza los efectos derivados del éxito en los campeonatos mundiales.

El nacionalismo exacerbado es un arma de doble filo: lo mismo puede servir para conciliar y apaciguar a los extremos que se disputan el alma de un pueblo, que para justificar la violencia de unos contra otros. Entre los contemporáneos, fue Pierre Bourdieu quien describió ese vínculo entre la política y el deporte como un instrumento de la clase social dominante y como un ethos para la sociedad en su conjunto: como una suerte de “ideal moral” que sirve para afirmar los valores impuestos desde el poder. Pero en torno de esos valores, también hay una disputa entre quienes aspiran a adueñarse de esa representación del éxito (o imputarse el fracaso) fuera de los estadios. Mientras Bourdieu escribía sobre esa dicotomía, otros autores distinguían entre quienes asisten al espectáculo de los juegos y quienes se quedan fuera, esperando las señales para celebrar o para repudiar el entorno político.

Lo único que sabemos a ciencia cierta es que la gente ha salido a las calles para compartir una especie de catársis ajena a los partidos políticos. La algarabía colectiva se ha desatado por otros resortes, ajenos a la voluntad del gobierno. Nadie ha salido para defender un proyecto político, sino para ondear la bandera, verse, tocarse y sentirse como si todas y todos hubiesen jugado y ganado el partido. En esas manifestaciones masivas no hay derrotados, ni ajenos, ni adversarios. No hay polarización posible, porque basta con “ponerse la verde” para pertenecer a la masa.

Me gustaría que México gane mañana (nótese: que gane México) pero sospecho que al gobierno le convendría más que ya termine la fiesta, pues nadie sabe qué podría suceder después. De momento somos felices.

Investigador de la Universidad de Guadalajara.

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