Un gobierno que tropieza de escándalo en escándalo termina por convertir la mentira en política de Estado y la simulación en su única doctrina. Cada nueva crisis no corrige la anterior sino apenas la sepulta bajo otra más escandalosa mientras en la burbuja del poder se revuelcan en un auténtico muladar de excusas, negaciones y cinismo.
Como si fuera una sátira escrita por el peor guionista se informó hace unos días del aseguramiento de una refinería “clandestina” en Reynosa, Tamaulipas, a escasos kilómetros de una compañía de la Guardia Nacional.
Una instalación que, según el relato oficial implícito, logró existir y operar abiertamente sin que nadie se diera cuenta. Una refinería fantasma.
No es que la realidad supere la ficción, es que la ficción al menos procura ser verosímil. Cuando el absurdo se vuelve rutina el problema deja de ser el escándalo y pasa a ser la capacidad del gobierno para mirar hacia otro lado mientras exige que millones de mexicanos hagan lo mismo.
En la cacareada transformación la clandestinidad alcanza tal nivel de eficiencia que deja de ser clandestina para convertirse en un secreto a voces; es el tipo de misterios misteriosos que conocen todos excepto, curiosamente (es un decir), las autoridades de los tres niveles de gobierno encargadas de descubrirlos.
La instalación estaba ahí con casi cuatro millones de litros de combustible ilegal e infraestructura para refinar, faltaba más. Sin embargo, al parecer se desarrolló el prodigioso don de la invisibilidad selectiva.
Con cascadas de pruebas, el régimen miente de frente.
No es ceguera institucional sino visión calibrada.
Lo que conviene a los narcointereses desaparece del radar y lo que incomoda aparece de inmediato bajo el reflector. Así funciona el aparato morenista de justicia selectiva donde no se persiguen delitos sino se administran conveniencias.
En este México ya no hace falta esconderse. Basta con entrar en el catálogo de la invisibilidad selectiva. Ahí caben en una inmensa lista refinerías que nadie detecta, convoyes que nadie registra y responsabilidades que nadie asume. La clandestinidad ha dejado de ser una condición para convertirse en un privilegio otorgado por el Estado.
De tal manera que este régimen al mentir de frente y negar cada mañanera lo evidente aún con las pruebas sobre la mesa, deja de gobernar la realidad para instalarse en un universo alterno de posverdad. Y ésta es el último refugio de gobiernos que ya no pueden ocultar sus fracasos. Intentar sustituir la realidad por decreto le está saliendo muy caro al país.
En ese universo paralelo de Morena —como muestra la danza ridícula de contradicciones de la gobernadora de Baja California— donde las mentiras y la simulación tienen investidura oficial y la evidencia es tratada como enemiga del Estado, se lanzan peligrosas señales que invitan a las consecuencias. Y la realidad terminará pasándoles la factura.
Sheinbaum debe hacer un alto y analizar ese modelo moreno en donde las instituciones han sido incapaces de demostrar que su gobierno combate el narcoterrorismo y sus vínculos políticos en lugar de convivir con ellos.
La credibilidad también es un activo económico y un instrumento de negociación.
Y cuando esta se agota, la cuenta suele llegar en términos económicos.
En aranceles, pues.
@GomezZalce
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