Escribo emocionado. Los triunfos de la selección nacional de futbol nos han colmado de alegría. Multitudes toman las calles para festejar los goles y las victorias del equipo tricolor en la primera etapa del campeonato mundial de esta disciplina deportiva. Es de agradecer a los atletas, al director técnico y todos los que han hecho posible esta digna representación de México en la justa internacional, que por tercera vez tiene lugar en nuestro país.
Los corazones de los aficionados a este deporte –me incluyo– laten fuerte por lo que ya han logrado. Hacemos votos por que anoten más goles, sumen más victorias y escalen en la tabla de calificaciones hasta los más altos peldaños. ¡Enhorabuena!
No es por ser mala onda, pero en esta explosión masiva de alegría es inevitable tener presentes a todos aquellos que seguramente también saltan emocionados pero con el alma desgarrada. Me refiero a las madres buscadoras y todas las familias que sufren por tener un padre, madre, hija o hijo desaparecidos y a quienes el Estado mexicano y su gobierno perverso les han dado un trato infame, que los ha llevado a vivir el campeonato con el dolor encajado en las entrañas; ahí, en los mismos espacios donde tienen lugar los festejos masivos.
La euforia futbolística pasará, en pocos días las masas enfervorizadas regresarán a sus rutinas y a la cruda realidad de México. No será la primera vez en nuestra historia en la que el fenómeno de enfiestamento masivo por razones deportiva desemboca en expresiones de enojo popular. Los especialistas en psicología de masas lo explican, los historiadores y analistas políticos tenemos registro de estas resacas sociopolíticas.
La gran emoción social con la que se prepararon y celebraron los Juegos Olímpicos de 1968, fue paralela a importantes movimientos de disidencia cívico-política y social.
Entre los primeros, olvidados por la “intelligentzia” chilanga, se destacan las rebeliones cívico- electorales en Baja California y Yucatán. Los segundos, de los que más se ha escrito, los movimientos médico y el estudiantil.
En la coyuntura de México 68, el régimen autoritario posrevolucionario se encontraba en el cenit de sus logros económicos y al mismo tiempo agotado como sistema político. Su respuesta a tal contradicción estructural fue la represión y la brutalidad militar. La matanza de Tlatelolco es su símbolo.
Le siguieron las copas mundiales de futbol en 1970 y 1986. El contexto político-social en ambos eventos fue turbulento. La primera coincidió con el fin del sexenio diazordacista y la transición al echeverrismo. Se escenificó sobre una estabilidad sostenida por la radicalización autoritaria adobada con populismo izquierdoso, que al correr de los años desembocó en la quiebra económica del país conocida popularmente como “la docena trágica, 1970-1982”.
La segunda Copa Mundial fue al final del viejo régimen. Las rebeliones cívico electorales en diversos estados comenzaron en Chihuahua 1983-1986 y terminaron en “la caída del sistema” de 1988, inicio de la compleja ruta hacia la transición democrática del 2000.
La tercera copa también llega en momentos cruciales para México. Los goles y los festejos conviven con un régimen protodictatorial señalado internacionalmente como narcogobierno. No es un entorno estable para el desarrollo económico y la vida social. La fiesta futbolera, como en otras ocasiones, preludia cambios.
@lf_bravomena
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