El 17 de agosto presentaré, en el Palacio Legislativo de San Lázaro, mi informe de labores como Presidenta de la Cámara de Diputados. Será un ejercicio republicano de rendición de cuentas sobre la responsabilidad que me confiaron las y los legisladores: conducir una Cámara plural, representar institucionalmente a uno de los Poderes de la Unión y garantizar que las diferencias políticas pudieran expresarse y procesarse conforme a la Constitución, las leyes y los Reglamentos. Presidir la Cámara durante este año significó encabezar sesiones extensas, debates complejos y discusiones sobre asuntos de enorme trascendencia nacional. En medio de posiciones profundamente distintas, procuré que el marco jurídico fuera siempre la base de las decisiones y que todas las fuerzas políticas encontraran condiciones para defender sus argumentos, porque la institucionalidad no consiste en evitar las diferencias, sino en ofrecerles un cauce democrático que permita convertirlas en deliberación y decisiones públicas. Durante las 100 sesiones celebradas, privilegié el intercambio de ideas y respeté el derecho de cada legisladora y legislador a expresarse, aun cuando sus posiciones fueran contrarias a las mías. Nunca cerré el micrófono a un orador ni utilicé la Presidencia para debatir en condiciones de ventaja, pues quien conduce la Mesa Directiva debe hacerlo con imparcialidad, firmeza y respeto a la pluralidad, consciente de que la Cámara pertenece por igual a quienes integran la mayoría y a quienes representamos a la oposición. Este periodo también permitió demostrar que, aun en un contexto de polarización, es posible construir acuerdos. En materias como el combate a la extorsión, la protección del medio ambiente, la salud mental, protección a las mujeres, los derechos de niñas, niños y adolescentes, la inclusión de las personas con discapacidad y la economía circular, la Cámara logró alcanzar consensos que recuerdan que, por encima de nuestras diferencias, existe la obligación compartida de responder a las necesidades del país.

Otro propósito esencial fue abrir las puertas de San Lázaro a la sociedad. Escuché directamente a jóvenes, mujeres líderes, productores, jubilados y pensionados, académicos, profesionistas, empresarios, representantes del sector cultural y organizaciones civiles; procuré que esa escucha tuviera una consecuencia institucional. Porque la pluralidad sólo adquiere sentido cuando las voces ciudadanas encuentran un cauce en las decisiones legislativas. Mi informe dará cuenta de estos esfuerzos y de una convicción que orientó cada decisión: la política debe ejercerse con verdad, respeto a las instituciones y apertura a todas las formas de pensamiento. Comparecer ante la ciudadanía no será solo presentar cifras o enumerar actividades, sino explicar cómo se ejerció una responsabilidad del Estado y reafirmar que el servicio público debe traducirse en resultados, confianza y respeto a la dignidad de las personas. Concluir esta encomienda representa un honor y, al mismo tiempo, confirma que la construcción del bien común nunca termina. El próximo 17 de agosto rendiré cuentas con la serenidad de haber actuado conforme a mis convicciones y con la certeza de que prestigiar la política exige instituciones fuertes, diálogo democrático y un compromiso permanente con México.

Presidenta de la Cámara de Diputados

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