No me gustan los fanáticos en la política, en la religión ni en el deporte. Es más, me producen miedo. El fanático es aquel que cree que su verdad es la verdad, que su adhesión a una causa, credo o equipo lo legitima no solo para despreciar a los otros, sino incluso para perseguirlos y en el extremo aniquilarlos. Es refractario a las necesidades y planteamientos de aquellos que no están alineados con él y los suyos. Suele ser rígido, impermeable, grosero y en no pocas ocasiones, violento. La intolerancia lo acompaña como una segunda piel y es capaz de todos los excesos.
En política, los fanáticos de izquierda y derecha, religiosos y militaristas, han cometido crímenes indecibles. A nombre de los más diversos idearios no han faltado los que persiguen a los disidentes, encarcelan a sus opositores e incluso asesinan a aquellos no sometidos a sus designios. Cárceles, campos de concentración, salas de tortura, se han construido para preservar la “unidad” en torno a una causa; exilios, clandestinajes, subordinación forzada, han sido respuestas defensivas ante la furia de los fanáticos.
Las guerras de religión en muy diferentes momentos y territorios a lo largo de la historia dejaron un reguero de sangre y rencores, que solo empezó a ser revertida cuando se abrió paso la idea de la tolerancia y sobre todo con la edificación de estados laicos capaces de garantizar la convivencia de diferentes credos en un mismo espacio. Aunque como toda construcción humana, esas ideas no se han abierto paso urbi et orbi. Subsisten, cualquiera lo sabe, estados teocráticos, que no toleran la existencia de otras religiones.
No quiero equiparar la violencia fanática que han desplegado movimientos políticos y religiosos con el fanatismo deportivo. Pero en época de Mundial de futbol no es extraño observar el resorte fanático entre legiones de espectadores. Y antes de seguir vale la pena distinguir entre aficionados y fanáticos (aunque la mayoría de los cronistas los utilicen como sinónimos). Los primeros, normalmente apoyan a su equipo, siguen los juegos con intensidad, discuten las fallas o supuestas fallas del árbitro, festejan con el triunfo de los “suyos” y sígale usted, pero asumen que los contrincantes no son el mal encarnado, que tienen derechos y merecen respeto. Es más, saben que sin esa rivalidad deportiva la contienda no tendría sentido. Los fanáticos, sin embargo, se manifiestan y actúan como si los adversarios fueran enemigos en una guerra, jamás reconocen una falta de los suyos, y son capaces de insultar, perseguir y agredir a aquellos que apoyan a sus contrarios.
Los estadios deportivos son inmejorables para observar el fenómeno, para ver cómo aficionados estándar pueden convertirse en fanáticos. No se necesita leer a Gustave Le Bon (Psicología de las masas) ni a Elías Canetti (Masa y poder), para contemplar cómo personas habitualmente ecuánimes empiezan a transformarse, por el influjo de la “masa”, en un torrente irracional de mil cabezas. Lo que cada uno de ellos no se atrevería a hacer si estuviera aislado, acaba haciéndolo bajo el manto protector de la multitud desde el anonimato.
Los estadios son óptimos para acercarse al zoológico humano. La multitud reunida resulta hipnótica, atractiva, colorida, las más de las ve ces gozosa, entretenida, ocurrente; pero no deja de ser intimidante para aquellos que se encuentran en minoría, porque no es difícil detectar mini y maxi agresiones hacia ellos.
Profesor de la UNAM
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