“Su madre era rusa; su padre, griego, y ella nació en Suecia”
- Theodor Kallifatides. Una mujer a quien amar.
Escuché a un cronista del Mundial informar que de los once jugadores de Marruecos que estaban sobre el terreno ninguno había nacido en ese país. Luego, otro anunció que había 99 franceses peleando por la copa en diferentes equipos.
Le pregunté a Google en qué países habían nacido los futbolistas de las 48 selecciones. Una de sus respuestas fue la siguiente: “casi 300 futbolistas (cerca de 1 de cada 4) representan a una selección distinta al país donde nacieron”. “Curazao es el caso más extremo; la gran mayoría de su plantilla nació en los Países Bajos. A ese equipo le siguen la República Democrática del Congo (con jugadores nacidos principalmente en Bélgica y Francia) y Marruecos (con convocados nacidos en España, Países Bajos, Francia y Bélgica). Los mayores exportadores de talento… Francia (con alrededor de 100 futbolistas nacidos en su territorio), Países Bajos y Alemania… Existen únicamente 8 selecciones en el torneo cuyos 26 convocados nacieron en el país que representan, entre ellos Colombia, Brasil, Panamá y Suecia”.
No seguí preguntando. Esos datos nos hablan del profundo impacto de las migraciones (sobre todo de las excolonias a las llamadas metrópolis), de la expansión de las dobles nacionalidades y las nuevas realidades que las están modelando. Se trata de un fenómeno venturoso. Trato de explicarme.
Durante años la nacionalidad se desprendía de dos concepciones: 1) la del ius soli, en la que, a todos los nacidos en un determinado territorio, independientemente de sus ascendientes, religión, procedencia de los padres, se les reconocía su nacionalidad. 2) ius sanguinis, en la que se otorga la nacionalidad de sus padres o incluso ancestros, independiente de donde se haya nacido. Y hubo un tiempo en que el ius soli y el ius sanguinis se vieron como excluyentes. Una o la otra debía ser la fuente de la nacionalidad. En muchos países se demandaba la renuncia a cualquier otra nacionalidad.
Recuerdo un añejo reportaje sobre la imposibilidad de los hijos de migrantes turcos en Alemania nacidos en ese país para ser reconocidos como alemanes, aunque quizá eso ha cambiado, porque hemos visto a futbolistas como Gündogan y Özil, alineando en la selección alemana. En Japón o Corea del Sur y muchos otros países sigue rigiendo el ius sanguinis. En los Estados Unidos y en la inmensa mayoría de los países de América Latina se adoptó el ius soli, aunque ahora Trump y los suyos lo quieran revertir. Recuerdo un discurso del presidente Reagan, orgulloso de que en su país quien ahí nacía tenía que ser considerado estadounidense. Y lo decía en contraposición a lo que sucedía en no pocos países europeos.
México ha sabido conjugar ambas fuentes de nacionalidad. Los nacidos en México somos mexicanos. Y también reconoce como mexicanos a los hijos de mexicanos nacidos en el extranjero. Y desde 1998 nuestro país aceptó la doble nacionalidad, pensando sobre todo en los mexicanos que viven en los Estados Unidos.
En el Mundial de Futbol estamos presenciando una mezcla virtuosa de ambos criterios que beneficia a muchos futbolistas (y al espectáculo). Pueden acogerse a los derechos que se desprenden del ius soli, es decir, de haber nacido en determinado país, u optar por el ius sanguinis, y jugar con el equipo del origen de sus padres o abuelos. Hay incluso hermanos que compiten por selecciones distintas (Nico e Iñaki Williams son solo un ejemplo. Ambos nacieron en España; uno juega para ese país y el otro para Ghana).
Y no sobra recordar que de la nacionalidad se desprende la posibilidad de ejercer diferentes derechos.
Profesor de la UNAM
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

