Palo dado, ni Dios lo quita”, reza un dicho mexicano cantado por Juan Gabriel. Hace eco a lo que decían los contemporáneos de Maquiavelo que creían en la realtá effettuale delle cose; buenos cristianos, pensaban que si Dios hubiera podido hacer que lo que iba a ocurrir no ocurriera, no puede hacer que lo que ha ocurrido no haya ocurrido. Tremendo misterio. Vladímir Putin lanzó su “Operación Militar Especial” y no hay manera de volver antes del 24 de febrero de 2022, tampoco antes de febrero de 2014 cuando ocupó Crimea. ¿Entonces?
Los ucranianos de hoy me recuerdan a los polacos de 1939, en la hora más negra de su historia, cuando Hitler y Stalin se habían repartido y ocupaban su desgraciado país. Nadie en Polonia, ni en septiembre de 1939, ni después, creyó en la victoria final de Hitler. Una de las características de los polacos, explicaba Czeslaw Milosz, es su fuerte convicción que Dios interviene personalmente en los asuntos históricos del lado de los justos y, por lo mismo, el mal está condenado al fracaso. “Armados con tal convicción, más de una vez, se han lanzado en combates sin esperanza para, después, sorprenderse por qué Dios no los ayudó; perdieron, pero eso no disminuyó su confianza en el triunfo final. Yo, también, descartaba la posibilidad de un milenio alemán, pero (…) había en mí demasiado maniqueísmo para pensar que el dedo divino se mete en la necesidad de fierro de la marcha del mundo”. Hitler perdió, Polonia resucitó y, con la victoria de Solidarnosc en 1989, contribuyó a la desaparición de la Unión Soviética.
En febrero de 2022, nadie, fuera de Ucrania, daba un peso por ella y, con o sin el dedo divino, sigue resistiendo para asombro del mundo, sin que los rusos hayan logrado “desnazificarla”. La falacia de una Ucrania nazi, genéticamente antisemita, me lleva a otro “palo dado”. El antisemitismo ha sido, y sigue siendo, la cosa del mundo mejor repartida. (Vean la película de Darryl Zanuck, con Gregory Peck, “Luz para todos”). Siguen diciendo que Ucrania ha sido y es antisemita y que, durante la segunda guerra mundial, ha colaborado con los nazis. No saben que millones de soldados y de guerrilleros ucranianos pagaron su tributo de sangre, luchando contra el III Reich entre 1941 y 1945. En toda la Europa ocupada, los nazis encontraron colaboradores; pudieron levantar legiones SS desde Noruega hasta Croacia y Bosnia. ¿Y qué decir de mi Francia natal? Ahora que París ha llevado al Panteón a Marc Bloch, el gran historiador y jefe de la Resistencia en Lyon, nos enteramos que si bien los alemanes lo fusilaron, los que lo capturaron y torturaron fueron franceses. Todo está olvidado. Hasta los alemanes quedaron perdonados, pero no los ucranianos.
Ni modo. Cuando, al inicio de su agresión, Putin invitó a los judíos ucranianos a unirse a él, el gran rabino de Kyiv, en nombre de la comunidad, afirmó su inquebrantable patriotismo. Palo dado: los pogromos del siglo XVIII en tiempo de Bohdán Khmelnytsky, la participación de policías auxiliares a la Shoah. Sin embargo, apoyo incondicional a la Ucrania de hoy, a pesar de la retórica putiniana al estilo Goebbels. Los israelíes rusófonos ucranianos, que forman la octava parte de la población de Israel, no han gritado “¡Somos por Moscú, somos por Putin!”. No hubo debate, han sido unánimes: “¡Por Ucrania, por nuestro Odesa, nuestra Kyiv, nuestra Kharkiv! ¡No dejemos las bombas destruir nuestro pasado, transformarlo en una inmensa Mariúpol!”. Mariúpol, la gran ciudad mártir, arrasada en el primer verano de la guerra. Pusieron entre paréntesis las querellas históricas para apretar filas “detrás de nuestro Volodymyr Zelensky” común, como bien dice Leonid Guirshovich, escritor y violinista. El rabino de Kyiv no hizo diferencia entre judíos y no judíos cuando organizó la evacuación de las mujeres y de los niños de Chernigov.
Historiador en el CIDE

