Cuando empecé mi investigación sobre la Cristiada, en 1965, nunca pensé llegar al centenario del conflicto religioso, al centenario de la suspensión del culto público después de la última misa en los templos, el 31 de julio de 1926. Me encontraba entonces a cuarenta años del acontecimiento y apenas a veinticinco años de la paz religiosa definitiva. La tragedia era demasiado reciente, por eso los archivos del Estado y de la Iglesia, tanto en México como en Roma, estaban cerrados. Bien me dijo el arzobispo, luego cardenal, Monseñor Miguel Darío Miranda: “Las brasas están todavía calientes. No hay que soplar sobre el rescoldo.”​

​Hace cien años entraba en vigor la Ley Calles que reglamentaba las actividades de los “ministros de los cultos religiosas”, el mismo día la Iglesia suspendía el culto público y los sacerdotes se retiraban de los templos. Es que el Papa había prohibido acatar la Ley que exigía, entre otras cosas, el registro de los sacerdotes en la Secretaría de Gobernación; como el año anterior, ciertos elementos del Gobierno habían intentado crear una Iglesia cismática, Roma temía que el registro fuese una manera de alentarla en detrimento de la Iglesia católica. El Gobierno contestó a esa sorprendente huelga prohibiendo el culto fuera de los templos y ordenando el cierre temporal de aquellos para realizar el inventario de lo que contenían. ¿Cómo vivió la gente el fatal acontecimiento?

​Dejo la palabra a una mujer de San Julián, en los Altos de Jalisco: “Pero aquel día ya no había alegría, ya no había tranquilidad, el sentido era algo extraño, todos los ánimos exaltados, exclamaciones de dolor. ¡Válgame Dios! ¿Qué nos irá a suceder? Seguro el fin del mundo, decían otros, y otros terceros: ¿Saben lo que es? Son nuestros pecados, a los cuales todos, afirmativamente, decían eso es y nada más, y se veían por todas las calles como enjambres cuando presienten la lluvia. Pues mucho asombro causaba ver a tal o cual persona que vivía retirada de los sacramentos acercarse al confesor para recibir el perdón de sus pecados. Otros que vivían en amasiato pidiendo se les uniera en matrimonio como Dios manda; cantidad de bautismos. Por fin se rezó el rosario con un fervor singular, con un elocuente sermón, en seguida el Santo Sacrificio de la misa, pues era la media noche, ni el templo se cerró por tantos fieles que acudían a los sacramentos. No hubo quien durmiera esa inolvidable noche, comentando el porvenir… Terminada la misa se dio como despedida la bendición con el Santísimo Sacramento, quedando todo a oscuras. ¡Dios mío! ¿Cómo describir esa tremenda hora? Se crispan mis nervios y mi mano tiembla al escribir lo que se veía, lo que se oía. Acababa de retirarse el padre de sus hijos, éramos huérfanos. Quedó aquel santo lugar hecho un mar de lágrimas, en medio de las tinieblas salía la gente , repercutiendo en las bóvedas todos los ayes de dolor que salían de todas las bocas. Al salir en medio de tanta confusión, tenían miedo porque gente como donde quiera hay extremosa, gritaba “¡el diablo, el diablo!”

​Mismas escenas en todas partes, en la Ciudad de México y en Tepic, en Oaxaca y Saltillo, en Autlán de la Grana y Jalpa de Cánovas, Tlaltenango y San José de Gracia. En el pueblo muy pacífico de Santiago Bayacora, Durango, le contó don Pancho Campos al historiador, en 1969: “El 31 de julio de 1926, unos hombres hicieron por que Dios Nuestro Señor se ausentara de sus templos, de sus altares, de los hogares de los católicos, pero otros hombres hicieron que volviera otra vez, esos hombres no vieron que el Gobierno tenía muchísimos soldados, muchísimo dinero, muchísimo dinero para hacerles la guerra, eso no lo vieron ellos, lo que vieron fue defender a su Dios, a su religión, a su Madre que es la Santa Iglesia, eso es lo que vieron ellos. Esos hombres le hablaron a Dios Nuestro Señor con el santo nombre de Viva Cristo rey, Viva la Virgen de Guadalupe, Viva México”.

Historiador en el CIDE

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