Nacozari está a 190 kilómetros de la ciudad de Hermosillo, capital del estado de Sonora. Su nombre significa "abundancia de nopales" y además de esta cactácea la tierra es también rica en cobre, por lo que la minería ha sido una actividad preponderante desde que se descubrieron los primeros yacimientos en el siglo XVII, apoyándose dos centurias después las empresas metalúgicas en uno de los máximos desarrollos tecnológicos de la época: el ferrocarril.
Máquina 501,
la que corría por Sonora,
por eso los garroteros
el que no suspira llora…

Así inicia un corrido sobre lo que sucedió en la primera década del Siglo XX, cuando Nacozari y sus habitantes estuvieron a punto de desaparecer. Y no por alguna guerra o un desastre natural, sino por un suceso totalmente fortuito.
Era un domingo señores,
como a las tres de la tarde,
estaba Jesús García
acariciando a su madre.
Dentro de pocos momentos,
madre tengo que partir,
del tren se escucha el silbato,
se acerca mi porvenir…
No fue en domingo, fue en jueves. Y tampoco a las tres, sino cerca de las dos. Pero Jesús García Corona, el personaje central de este corrido, fue un hombre de carne y hueso que nació en Hermosillo el 13 de noviembre de 1883 –aunque otras versiones aseguran que lo hizo en 1881– y empezó a trabajar en el ferrocarril como aguador, fogonero o mozo cuando aún no cumplía 20 años.
En una fotografía podemos ver que, a los 24 años, Jesús era un hombre fuerte, de mirada penetrante y bigote bien cortado. Luce sombrero y corbata y es obvio que le va bien: trabaja en el tren desde hace algunos años y está a punto de casarse.
No lo dice el corrido, pero la vida suele ser caprichosa, ya que el jueves 7 de noviembre de 1907 era su día libre, pero el maquinista en turno se enfermó y Jesús tuvo que olvidarse de su descanso para hacer varios viajes entre Nacozari y la mina de Pilares; notando en el primero de ellos que el contenedor que debía sofocar las chispas que se generaban por la quema del carbón no funcionaba muy bien, ya que algunas alcanzaban a escapar.
—Acuérdame por la noche decirle a los mecánicos que lo arreglen —le pidió al fogonero.
Volvieron a Nacozari cerca de la hora de la comida y, en lo que cargaban el tren para un nuevo viaje, Jesús aprovechó para ver a su madre, que rondaba los 60 años y era muy supersticiosa, por lo que antes de despedirse le dijo:
—He pensado que no volveré a verte jamás. Los gallos están cantando y pasa del medio día.
Tal vez estaba preocupada porque sabía que su hijo iba a transportar varias toneladas de dinamita. O quizá tomó como un mal augurio el que las aves cantaran a esa hora, pero Jesús se despidió de ella sin creer en sus palabras.
Cuando llegó a la estación,
un tren ya estaba silbando
y un carro de dinamita
ya se le estaba quemando…
A diferencia de lo que dice el corrido, el incendio no empezó en la estación, sino cerca de ella: había una pronunciada subida y era necesario forzar el motor, por lo que varias chispas salieron del contenedor, volaron sobre la cabina y cayeron en los primeros vagones, que era donde quienes cargaron el tren pusieron la dinamita, incendiando las pacas del alfalfa que la protegían.
Así avanzó el tren varios metros, hasta que uno de sus acompañantes llamó su atención.
—¡Oye Jesús! —le gritó—, mira ahí: ¡humo en el polvo!
El fogonero le dice:
Jesús vámonos apeando,
mira que el carro de atrás,
ya se nos viene quemando.
Jesús García le contesta:
Yo pienso muy diferente,
yo no quiero ser la causa
de que muera tanta gente…
¿Qué hacer?, estaban muy cerca del pueblo, no tenían agua a la mano y, aunque algunos garroteros trataban de apagarlas, las llamas seguían creciendo y solo era cuestión de tiempo para que alcanzaran los explosivos. Y como llevaban varias toneladas lo más probable era que Nacozari quedara en ruinas, muriendo al instante sus habitantes o quedando malheridos, entre ellos la madre, los hermanos y la novia de Jesús.
—¡Váyanse todos! —les ordenó entonces—. ¡Déjenme solo, que estoy corriendo mi suerte! ¡Pídanle al Padre una misa por mí… me voy a mi muerte!
—Déjame el tren, Jesús —le pidió el frenero, José
Romero—. ¡Tú tienes familia!, yo no tengo nada…
—No –le contestó García—. Yo soy el ingeniero, ¡sálvate tú!
Así que Romero saltó del tren y se refugió tras una pequeña Loma, mientras que Jesús:
Le dio vuelta a su vapor,
como era de cuesta arriba,
y antes de llegar al Seis (un caserío ubicado a seis kilómetros de la mina de Pilares), ahí terminó su vida…
La explosión sobrevino a las 2:20 de la tarde. Despedazó completamente a Jesús García, mató a otras 13 personas y se escuchó a quince kilómetros de distancia… pero Nacozari se había salvado.
Desde ese día inolvidable
tú te has ganado la cruz,
tú te has ganado las palmas,
eres un héroe Jesús.
Y como tal es reconocido, ya que muchas calles y escuelas de la república llevan su nombre y la American Royal Cross of Honor de Washington lo designó “Héroe de la Humanidad”. Además de que se han hecho corridos y películas en su honor y Nacozari se llama desde hace mucho tiempo Nacozari de García, como homenaje a este hombre extraordinario.
Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Historiador, escritor y divulgador, ha desarrollado proyectos de radio, televisión, documentales y publicaciones dedicados a acercar la historia al público en general.

