En la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos

Heródoto

En un interesante texto publicado en El Universal en julio de 2020, la historiadora Claudia Pardo afirma que:

La primera mitad del siglo XIX mexicano fue difícil en muchos sentidos, no solo se vivieron problemas económicos, políticos y sociales que cambiaron al país y a su gente, sino que también las enfermedades se ensañaron con la población.

Por ello, era común encontrarse casas vacías en las que las puertas se azotaban a capricho del viento y podían verse dentro las posesiones de sus habitantes, abandonadas. Todo en la más espantosa soledad, como si se hubiera encomendado su custodia al terror y la muerte.

Junto a las epidemias que golpearon a nuestro país durante el Siglo XIX y provocaron miles de decesos varias enfermedades y complicaciones mataron a una gran cantidad de pequeños. Ejemplo de ello es que de los doce hijos que tuvieron Margarita Maza y Benito Juárez, cinco murieron de niños; mientras que de los siete pequeños procreados por Porfirio Díaz y Delfina Ortega, solo dos sobrevivieron.

—No se me logró —era una frase muy utilizada por las madres que habían perdido a sus pequeños.

En ese sentido Anna Agustina de Jesús Ramírez tuvo mucha suerte, pero solo en ese. Nació junto a una hermana gemela en 1813 en Mocorito, Sinaloa, y pasó toda su vida en la estrechez económica tan conocida por los descendientes de indígenas en México.

Agustina Ramírez. Foto: Wikipedia
Agustina Ramírez. Foto: Wikipedia

Se casó con Severiano Rodríguez y tuvieron trece hijos que sobrevivieron a la niñez: Librado, Francisco, José María, Manuel, Victorio, Antonio, Apolonio, Juan, José, Juan Bautista, Jesús, Francisco (otro) y Eusebio. Seguramente era difícil alimentar tantas bocas, pero la familia iba saliendo adelante. Hasta que estalló la Guerra de Reforma y Severiano Rodríguez se unió a las fuerzas liberales, muriendo durante la toma de Mazatlán el 3 de abril de 1859.

Agustina lo enterró y, cuenta la tradición, poco después se presentó ante el jefe de las fuerzas liberales; aunque otras versiones sostienen que lo hizo cuando comenzó la Intervención francesa. No iba sola. La acompañaban sus trece vástagos.

—Se los doy a usted —le dijo al oficial—, porque cuando la patria está en peligro, los hijos no les corresponden a los padres.

Y cuando lo enlistaron, ella se unió también al ejército como enfermera, por lo que:

Los seguía arrostrando con ellos las penalidades de la guerra; dijérase que desconfiaba de sus mismos hijos, y que obligada por su patriotismo sin igual, seguía a los republicanos para no permitir que a la hora de la muerte retrocedieran o vacilaran los soldados que había ofrecido a la buena causa.

Así, en la guerra contra el imperio, los jóvenes fueron cayendo para jamás levantarse. Y Agustina los enterraba, lloraba y seguía adelante, por lo que fue llamada la Dama del ropaje negro por su luto permanente. Hasta que un día uno de sus hijos desapareció.

Y la Ramírez, llena el alma de amargura, abandonó el campamento para ir en pos del hijo fugo. Lo aprehendió y dando claras muestras de que no desmayaba su entereza, lo condujo ante el general en jefe. A su presencia le habló al desertor y le dijo con imperturbable sinceridad, sin arrogancia, no como quien está orgullosa de su obra, sino como quien teme no poderla cumplir hasta el fin porque la conoce dificultosa y grande:

—Hijo, espero que no volverás a querer matar a tu madre.

Luego, volviéndose al general en jefe, le miró con los ojos arrasados en llanto y le dijo:

—Aquí lo tiene usted, no se volverá a desertar porque yo me moriría.

Y el hijo lavó la mancha, muriendo como su padre y sus hermanos en el campo de batalla. No tornó a volver la espalda, de frente recibió la herida con la cual pagó su desobediencia.

Siguió la lucha y continuaron cayendo los hijos de Agustina en los campos de batalla, por lo que ella decía viendo al cielo:

—¡Gracias a ti, Dios mío, porque me los quitas por la patria!

Según algunas versiones, todos los descendientes del matrimonio Rodríguez-Ramírez fallecieron durante la intervención; aunque José Ferrel sostiene en Liberales ilustres mexicanos que el más pequeño de todos libró la muerte y:

Concluida la guerra, [Agustina] alcanzó una gracia que fue la sola recompensa que logró en la tierra: solicitó y obtuvo como favor que Eusebio, último sobreviviente de sus trece hijos, fuera dado de baja del ejército que ya no le necesitaba.

Tras dejar las armas el joven se casó, tuvo dos hijos y murió poco después, lo que podría explicar cómo pasó doña Agustina sus últimos años, pues aunque el Congreso de Sinaloa le dio una pensión de $30 pesos mensuales y el Congreso Federal hizo lo mismo quintuplicando esa cantidad, de repente el dinero dejó de llegar a sus manos y trabajó como sirvienta para sobrevivir, aunque al final:

Murió olvidada de todos, menos de la miseria, del hambre, del harapo, en una casucha miserable de un pobre barrio de Mazatlán, después de soportar con resignación de ángel, trece años de indiferencia pública, que deben contarse como de ignominia universal.

Poco importó que Luz Mendoza, su nuera, enviara una carta al diario El Pacífico exponiendo la miseria en la que vivía; ya que aunque conmovió a la sociedad sinaloense, poco afectó a los políticos del estado, quienes nada hicieron para ayudarla.

Casi 80 años después de su muerte y de que fuera enterrada en una fosa común del panteón civil de Mazatlán, fue declarada Benemérita del Estado y su nombre inscrito con letras de oro en el Salón de Sesiones del Congreso de Sinaloa, junto a personajes como Ignacio Ramírez el Nigromante, Ramón Corona y el historiador Eustaquio Buelna, quien se refirió a ella como “la heroína más grande de México”.

Además, como una forma de honrarla, cada año el gobierno de Sinaloa entrega el Premio Estatal al Mérito Social “Agustina Ramírez” a las mujeres sinaloenses que destacan por sus aportaciones y servicios a la sociedad y al desarrollo de la entidad.

Sobre el autor:

Iván Lópezgallo se considera a sí mismo un buscador de historias. Es doctor en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora, escritor y periodista.

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