Hay generaciones que repiten los errores del pasado simplemente porque los desconocen, habitando una inocencia histórica que las condena. Aun así, la paradoja de quienes regresan voluntariamente a los desastres que ellos mismos atestiguaron y padecieron en su juventud, desafiando toda lógica de la experiencia, resulta todavía más inquietante.
La coyuntura política actual nos enfrenta a un fenómeno desconcertante y peligroso pues la decisión de una élite gobernante que, habiendo atestiguado y padecido los estragos de las crisis económicas de su juventud, decide desmantelar las lecciones de la experiencia para volver a los escenarios del desastre y atestiguamos un fenómeno de amputación cognitiva donde la memoria conserva intacta la indignación moral frente a las injusticias de antaño pero elimina la explicación de las catástrofes que esas mismas injusticias provocaron.
El reflejo de esta regresión institucional se materializa hoy en el terreno de la política monetaria. La reciente publicación de la Circular 8/2026 del Banco de México marca un punto de inflexión que merece un análisis riguroso. Detrás del frío lenguaje de la burocracia financiera, esta normativa faculta al banco central para adquirir bonos gubernamentales en el mercado secundario mediante mecanismos de subasta, lo cual es una forma disfrazada de disponer de recursos.
La paradoja se encarna en la figura de la presidenta, quien pertenece a una generación de académicos e intelectuales de izquierda que vivió y criticó el colapso estructural de los años setenta y ochenta, caracterizados por inflaciones galopantes, devaluaciones traumáticas y controles de cambios asfixiantes que pulverizaron el patrimonio de millones de mexicanos a causa del uso instrumental del Banco Central como apéndice del gasto público
El economista Albert Hirschman demuestra en su tesis sobre la perversidad cómo las buenas intenciones distributivas devienen en catástrofes macroeconómicas y por qué las intervenciones estatales que buscan forzar un orden distributivo terminan produciendo, por una fatalidad estructural, el efecto exactamente opuesto al que perseguían. Recordemos que aún en los años 80, habían más de 1,100 empresas paraestatales que contribuyeron a la debacle.
Desde la revolución francesa, a las promesas universales del estado de bienestar hasta los delirios regulatorios que precedieron a las grandes crisis del siglo veinte, el patrón se repite con una regularidad pasmosa: el discurso redistributivo sirve como una coartada perfecta para expandir el gasto público con fines electorales y clientelares, devorando los ahorros colectivos y desanclando la inflación que termina empobreciendo, a los sectores más vulnerables.
La perversidad se despliega hoy con toda su fuerza cuando observamos que los mecanismos diseñados supuestamente para garantizar el bienestar social están construyendo el escenario ideal para una crisis de proporciones históricas, caracterizada por la fuga de capitales, obras faraónicas deficitarias y el desmantelamiento de los contrapesos que sostenían la certidumbre jurídica.
Al final del día, el problema no lo son las complejidades técnicas de la política monetaria o la arquitectura de las subastas financieras, sino la quiebra moral de una sociedad civil que consiente su propia servidumbre a cambio de ficciones.
Nos enfrentamos a la pavorosa constatación de que los proyectos políticos poseen una capacidad casi ilimitada para sobrevivir a sus propias ruinas, alimentándose del resentimiento y de la promesa de una redención que nunca llega.
Cuando un pueblo renuncia a la verdad y entrega la gestión de su libertad a una burocracia que confunde la contabilidad con la fe, el terreno queda preparado para el regreso de los viejos fantasmas del autoritarismo y la ruina económica.
La responsabilidad nos obliga a romper el hechizo de esta amnesia ideológica y a formular la pregunta que este régimen evade una interrogante que va más allá de la coyuntura presupuestal y se instala en el centro de nuestra dignidad histórica: ¿qué extraña fascinación encuentran los gobernantes en los escombros del pasado que deciden, con terca alegría, volver a habitarlos?
Notario y exprocurador de la República

