“Soy una artista practicante: practico la admiración”. Leo en el libro Horas de invierno, de Mary Oliver (Ohio; 1935). El libro que contiene relatos, poemas y aforismos me lo obsequió mi amiga Karina. Los más destacados libros que he leído en este año los han puesto en mis manos un grupo de amigos. El resto son los que descansan en mis libreros. Llego a tomar alguno de los estantes y me percato a través de la glosa y mis anotaciones que lo he leído tres o cuatro veces (debe ser una especie de enfermedad). Antes mis amigas me obsequiaban camisas, pero deben pensar que es inútil vestir a alguien como yo que usa un overol y da la impresión de que ya está un poco muerto. “Todo lo que ha aprendido lo ha aprendido pausadamente”, dice el personaje de un relato de Oliver. Me veo contenido en esa frase y aunque el libro mantiene ciertos rasgos litúrgicos y bucólicos me atrae, por su sabiduría sutil y porque la escritora alaba a Ralph Waldo Emerson, mi ensayista más admirado, a la altura de Montaigne, Stefan Zweig y Octavio Paz. Tenemos cierta obligación de admirar a alguien como sugiere Mary Oliver y siglos antes Thomas Carlyle. A mí me gustaría admirar más a los políticos, pero hoy en día, aparte de unas extrañas excepciones, resulta un ejercicio casi imposible. A Madero le decían “el microbio” (mote que le puso su abuelo): él es una excepción.

En 1903 el anarquista Díaz Soto y Gama junto con los hermanos Flores Magón, Juan Sarabia y otros lanzan un manifiesto contra el militarismo, los millonarios y los funcionarios públicos. No andaban errados y me parecen admirables. Mas no continuaré por esa vía, aunque siempre derrapo y vuelco en la cuneta. Todo lo que sé, lo saben otros. ¿No es esta una razón para desaparecer de la comunidad e instalarse en la cárcel de sí mismo, del self? Sin embargo, lo que uno sabe, sea cocinar, escribir, la historia de las Guerras Médicas, neurología, cualquier conocimiento resulta ser una experiencia individual (saber algo) que en general intentamos transmitir a otros. Los más puros se callan. Supongamos que dos personas se queman en un mismo incendio. Las llamas los hirieron sin hacer diferencias entre ambos. Es decir: tienen los heridos algo en común. Sin embargo, uno de ellos desearía o preferiría morir a permanecer viviendo cubierto por una piel desgarrada, mientras que el otro se adapta a su nueva condición y, añadiendo una colosal dosis de optimismo, se inclina por vivir e imagina nuevos horizontes éticos y físicos para avanzar hacia ellos. Un tercero podría decir: es el más idiota el que va a vivir, en tanto que el otro, inteligente y que hace bien a su comunidad, se va a suicidar. ¿Qué cosa sucede en sus mentes? Las mismas quemaduras no los hicieron seres iguales. Esto sucede a menudo en lo que llamamos mundo real. Es un problema filosófico que ni el más sagaz neuro científico podría esbozar claramente.

¿Qué aprendizaje obtengo de mi perorata anterior? Uno pausado, como escribe, Mary Oliver en un relato: pausado y cómodo a su tiempo. Es así que pienso en la importancia de darle a las pasiones, como la escritora dice de Emerson, un sesgo de prudencia, de pensamiento. Vuelvo otra vez: ¿dónde están los intelectuales capaces de imaginar un orden benigno? Si un gobernador en México quiere que su esposa lo suceda en el cargo y un antiguo revolucionario comunista ahora establece una monarquía en Centroamérica, no es que nos enfrentemos a casos excepcionales. Caminamos hacia allá heridos por la ausencia de pensamiento fuerte y maleable a la vez, y por la falta de pasiones sensatas (como las llama Mary Oliver en alusión a Emerson). He sabido de entes o “seres allí” que toman en cuenta a los llamados influencers para abrazar decisiones importantes en sus vidas y en la comunidad. Son jóvenes, ¿y eso qué? Podrían fallecer mañana. La juventud debe comenzar a los cincuenta años, creo deducir del estado de cosas en el que vivimos. ¿Qué se puede hacer para progresar éticamente? Nada... casi nada.

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