El niño tendría cinco años y, sin embargo, su altura lo hacía parecer de mayor edad. Pateaba una pelota en el angosto Callejón de la Luz, en la colonia Portales, donde no pasaban automóviles. Intentaba dominar aquel objeto redondo con los muslos, la lanzaba contra la pared, corría tras ella y a juzgar por sus gestos, reflejo de su esfuerzo, parecía divertirse. Sólo estaba jugando. Cuando se aburría, se cansaba o excedía el tiempo permitido por sus padres, tomaba su balón y volvía a casa que estaba solo a unos cuantos metros. Llevaba a cabo un comportamiento esencial o primigenio. No había reglas, ni contrincantes y nadie lo obligaba a pasar allí una hora cada tarde. Tiempo después vendrían la competencia, las reglas, los equipos y el deseo de ganar. El juego fortalece la cultura y es necesario en la constitución y desarrollo del ser humano, tal como lo describió Johan Huizinga en su conocido libro Homo Ludens; (también Roger Caillois, en Los juegos y los hombres (la máscara y el vértigo), lleva a cabo una teoría y clasificación de los juegos demasiado específica como para detenerse en ella ahora.

En los mundiales de futbol, además del juego mismo proliferan los negocios millonarios, las apuestas y la palabrería exacerbada (mi padre bajaba el volumen de la televisión durante los partidos). Algo que personalmente yo detesto de estos mundiales es la vehemencia nacionalista y “el amor a la camiseta” como se suele decir. Si tanto les importa un país realicen más actos para su progreso o desarrollo social e intenten poner en orden a sus gobernantes, criminales o ciudadanos abusivos. Pese a mis anteriores palabras no se le tendría que entregar el poder sólo a las instituciones o a un conjunto de reglas generales. En la vida y experiencia cotidiana o individual acerca de lo justo reitero, y me disculpo, las palabras de Amartya Sen a las que acudo siempre cuando se trata el tema: “Preguntar cómo van las cosas y si pueden mejorar es una parte ineludible de la búsqueda de la justicia”.

¿Y qué sucede con los intelectuales y el futbol? No definiré qué clase de espécimen humano es un intelectual, pues en gran medida todos los somos, aunque unos en mayor medida que otros. Entre ellos hay aficionados, expertos, mirones, apasionados y quienes escriben libros y artículos al respecto de las gestas futbolísticas. En mi caso de escritor, me atraen los partidos de calidad (por eso, en general, prefiero la Champion) y en ocasiones los disfruto con un sesgo emocional inusitado; tal como me sucede con un buen libro o alguna película que no abandone a los veinte minutos. Es también una tradición: mi padre jugaba futbol y siendo niño me llevaba al estadio. Más de cincuenta años de ver futbol en mi caso (es una lástima no poder ver a Albert Camus cuando jugaba de portero). Allí dentro del campo, o en las gradas, o como espectador del juego se conoce también la catadura de los seres humanos, sus virtudes, manías y carácter, aunque detesto sus sueldos agraviantes y sus opiniones las cuales son, más bien, balbuceos correctos; pese a haber excepciones, claro. Mi misantropía o agorafobia, la cual pocas veces llego a quebrantar, me impide ya ir a los estadios. ¿Soy un conocedor? No en el sentido estricto, pero estoy habituado a reconocer a los jugadores eficaces, excepcionales o golfos. Hoy en día ese Vaticano del futbol (la FIFA), intenta aumentar más equipos a los mundiales, una representación nacionalista y lucrativa para obtener mayores ganancias. ¿O acaso ha tomado también el papel de la ONU del balompié? Yo haría lo contrario y reduciría los equipos participantes a la mitad de los actuales con el propósito de aumentar la calidad y reducir el tiempo desmedido de atención y captación de sonámbulos. Pero estos últimos, aun dormidos, me mentarían la madre o me increparían con las mismas palabras que los mexicanos ofenden a los jugadores desde el gallinero monumental.

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