Había un escenario perfecto para cambiar la historia. Un estadio repleto, un país entero convencido de que esta vez sí era diferente, una Selección que llegaba con la mejor defensa que México había presentado en décadas y un rival obligado a jugar con 10 hombres durante buena parte. Sin embargo, ni así alcanzó.

México volvió a quedarse donde tantas veces lo ha hecho. La ilusión terminó exactamente en el mismo sitio donde ha terminado generación tras generación: Antes de los cuartos de final.

Cambian los futbolistas, cambian los entrenadores, cambian los discursos y cambian las promesas, pero el desenlace permanece intacto.

El tercer ciclo de Javier Aguirre termina exactamente igual que los dos anteriores: Con dignidad para algunos, con frustración para la mayoría y sin el resultado que justificara tanta expectativa para otros. El Vasco llegó como el hombre de la experiencia, el entrenador que conocía la presión, que entendía el entorno y podía aprovechar la condición de local para llevar a México más lejos que nunca. No ocurrió. Su proyecto tampoco logró romper la maldición.

Resulta difícil encontrar un legado deportivo contundente del DT. No deja una revolución táctica, ni una generación consolidada, ni un avance competitivo que permita afirmar que nuestro futbol dio el salto que tanto prometía. Tal vez, su mayor aporte fue reconciliar a la afición con un equipo que venía profundamente desgastado, después de años de desencuentros.

La historia volverá a registrar que México fue eliminado en octavos de final, pero detrás de esa frase hay algo que preocupa mucho más: El país organizó su torneo más importante, tuvo la oportunidad que generaciones enteras esperaron durante décadas y terminó comprobando que el verdadero rival nunca fue Inglaterra.

El verdadero enemigo sigue siendo el techo que el propio futbol mexicano no ha sabido romper.

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