España, Francia, Portugal, Inglaterra, Alemania, Brasil y Argentina, aparecen en prácticamente todas las listas como las grandes favoritas para conquistar el Mundial 2026. No es casualidad. Son selecciones con talento, profundidad de plantilla, figuras y proyectos deportivos sólidos. Los modelos estadísticos y las casas de apuesta coinciden en colocarlas en la cima de las probabilidades.
México, el anfitrión, apenas recibe alrededor del 1% de posibilidades de convertirse en campeón del mundo, según diversos pronósticos internacionales. Una cifra que duele, pero también obliga a reflexionar si realmente estamos tan lejos de las potencias. El problema no es que España juegue mejor o que Francia tenga más estrellas, es que México lleva décadas prometiendo el famoso “quinto partido”, mientras otras selecciones construyen proyectos a largo plazo, exportan futbolistas a las mejores Ligas y desarrollan generaciones enteras pensando en competir, no sólo en participar.
La Selección Mexicana tiene el privilegio de jugar en casa, pero también la obligación de demostrar que no vive únicamente de su afición. El ahora Estadio Ciudad de México puede empujar, las tribunas pueden rugir y el país entero puede ilusionarse, pero los títulos no se ganan con mariachi, ni con comerciales patrióticos.
Quizá el 1% sea justo. Quizá, incluso, sea generoso. Pero si el futbol ha enseñado algo, es que las probabilidades sirven para las apuestas, no para escribir la historia. ¿México puede sorprender al mundo? Eso está por verse. En este verano, el Tricolor tendría que estar dispuesto, por fin, a dejar de conformarse con competir y empezar a creer que también puede conquistar.
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