Carlos Bremer (q.e.p.d.), más que apoyar deportistas, ayudaba a personas. No se fijaba tanto en sus números, momios o en sus posibilidades de volverse campeones. Se guiaba más por sus historias, sus orígenes, por el lugar de dónde venían y, sobre todo, al que querían llegar. Pero si llegaban o no, eso no importaba tanto; lo que lo convencía era la intención, el deseo y la voluntad que irradiaban.
Si alguien creía en el deporte, en su magia y en el bien que provoca en las personas, ese fue él. Y cómo no, si su padre, Guillermo Bremer, donó los uniformes que vistieron los integrantes de la Liga Industrial de Monterrey, el Equipo del Milagro, aquellos 14 niños de familias obreras que ganaron la Serie Mundial de Pequeñas Ligas en Williamsport, allá en 1957.
“Ahí se dio el primer acto de apoyo de la familia Bremer al deporte mexicano”, cuenta Marcelo, hijo de Carlos y nieto de Guillermo, quien ha decidido continuar el legado de su padre y respaldar a atletas mexicanos en sus sueños.
“Mi papá amaba México y el deporte; le parecían inseparables, tanto que veía en los deportistas la identidad nacional. Y yo también lo veo así. Algo que guardo suyo en mi corazón y en mi escritorio es precisamente una foto que tengo con él con la bandera de México. Eso representa la herencia y la antorcha que me estaba pasando”, agrega, a la vez que me muestra orgulloso en su playera los colores del logo de su movimiento Transformando zona por zona: verde, blanco y rojo.
Carlos Bremer fungió como padrino de cientos de deportistas, algunos famosos y otros desconocidos, aunque su historia favorita, lo mismo que la de Marcelo, la protagoniza Saúl "Canelo" Álvarez.
“Pero mi papá lo admiraba más que por sus puños, por su forma de ser; no tanto por el deportista que es, sino por su persona”.
Lo curioso es que en la pandemia, cuando Marcelo se empeñaba en mantener abiertas las puertas de su gimnasio The Zone (que bajo un concepto de comunidad combina entrenamiento, nutrición y bienestar), su padre, lejos de aconsejarle que creyera en sus sueños, le dijo: “Mejor ya cierra esa chingadera”. Sin embargo, Marcelo tuvo ese deseo, valor y voluntad que Carlos admiraba de los deportistas y se mantuvo firme.
“Afortunadamente, poco a poco se dio cuenta de que mi negocio no era un juguete, sino un negocio en forma, con pies, cabeza y músculo, y estoy seguro que hoy, desde donde está, me observa con buenos ojos”, me confiesa, con sonrisa orgullosa y nostálgica.
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