El sistema de partidos políticos y el mismo principio de representación democrática hoy se encuentra asediado. Los partidos se ven sustituidos por movimientos que articulan apoyo social estable alrededor de líderes carismáticos. Esto igual se da en el marco de la derecha, como es el caso de Trump, o bien, de lado de la izquierda como puede ser López Obrador. Esta transformación de la asignación de poder político parte del electorado. Las urnas no se ven despreciadas. Son las estructuras de poder las que se ven profundamente afectadas.

Un primer ejemplo de esta transformación son los vínculos de algunos movimientos políticos con organizaciones criminales. A partir de la noción de control territorial, la delincuencia organizada busca protección política. Se pretende neutralizar a los cuerpos de seguridad para que protejan a un grupo de otros grupos criminales y los dejen hacer desmán y medio. A cambio, los delincuentes amenazan y coaccionan a la oposición, movilizan electorado y garantizan condiciones monopólicas de representación política. Ciertamente, en algunos lugares la fusión de estos intereses manifiesta fenómenos alarmantes. En algunas zonas con una alta dinámica en el mercado de la construcción, los mafiosos están empezando a controlar el mercado de venta de materiales. La hegemonía política facilita la existencia de monopolios privados en actividades económicas. Este es el nivel de corrupción política más grave, pues los desplazamientos que genera la corrupción van acompañados de agresiones violentas. El sicario y el narcotraficante ensayan su transformación en emprendimientos aparentemente lícitos. El sueño de los criminales es que una vez que han acumulado riqueza, puedan gozar de determinado prestigio que les permita legitimar el espacio social en el que se mueven.

Por otra parte, los propios partidos comenzaron a rigidizar su vida interna. El ejemplo más claro es el de partido de Estado o hegemónico en el cual las candidaturas del partido son controladas por quienes detentan el control de la administración pública. Aquí es donde el gobierno hace partido. Para hacer carrera política hay que pasar por el servicio público y atinar con cuáles de los grupos que convergen en el gobierno se va a depositar el poder político. Aquí la representación se construye de arriba abajo. No se apuesta para una ciudadanía activa capaz de gestionar bienes y políticas públicas se busca un electorado dócil controlado a través de apoyos clientelares.

Pero también los partidos políticos en sistemas más competitivos son responsables de su propio aislamiento. El control de las administraciones y nomenclaturas partidistas sobre los padrones que representan la base electoral y de partido, los han venido alejando de nuevos movimientos sociales. Las pequeñas burocracias aspiran a mantener los partidos en dimensiones y complejidades tales que permitan su subsistencia. Así, líderes mediocres conciben partidos medianos. Los partidos tradicionales como el PRI o el PAN, hoy ven mermado su poder y capacidad de servicio. No son un vínculo entre el poder público y los liderazgos sociales. Son una marca al servicio de una burocracia que aspira a acuerdos de coyuntura con determinados movimientos o causas que garanticen un mínimo de votación sobre la cual flotan. Es tal el desprestigio que como contramedida han surgido candidaturas por tómbola o cualquier otro método aleatorio.

En las últimas semanas, nuevas organizaciones políticas entran a generar un perfil distinto para la representación democrática. Específicamente “Somos México” en su discurso fundacional alega que debe hacerse una revisión profunda de los vicios de la clase política tradicional. Coincido con esa versión que dice que la restauración autoritaria que implica Morena, se construyó sobre el desprestigio de una generación de políticos más distinguidos por sus maromas y negocios, que por su capacidad de servicio al país y a sus sectores más vulnerables. Prohibiciones que establezcan que los miembros de la dirección política del partido no puedan acceder a candidaturas, o que un porcentaje importante de las mismas estén en manos de gente joven, buscan hacer del partido una herramienta al servicio de sectores que le vienen dando la espalda a la política tradicional. Renovar nuestra capacidad de indignación y conducir la rebeldía que garantiza la frustración de las generaciones jóvenes frente al status quo, puede ser una fórmula que enriquezca al panorama político nacional. Por razones políticas y afectos personales, les deseo el mayor de los éxitos.

Abogado

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