Trump no ha vencido a Irán. Es una derrota con matices, que es la forma en que se pierden las conflagraciones que ya no se pueden ganar. Con la derrota a cuestas, un Legislativo que dejará de aplaudir sus ocurrencias y las elecciones a la vuelta de la esquina, al presidente le queda un solo terreno donde todavía puede fabricar una victoria a modo: México.

Trump tenía 40% de aprobación en la encuesta Reuters/Ipsos previa a los ataques del 28 de febrero; desde entonces la tendencia ha sido descendente: 33% esta semana (The Economist/YouGov), tras haber tocado 32% a finales de julio (Quinnipiac, su mínimo histórico). La aprobación de su manejo de Irán entre republicanos cayó de 71% a 61% en un mes, y 64% de los estadunidenses considera que la guerra no ha valido la pena. El Pentágono elevó en julio a 37,500 millones de dólares su cálculo del costo de la guerra, incluido el gasto previsto hasta el 30 de septiembre. A esa factura política se sumaría el fondo privado de al menos 300,000 millones de dólares que el propio memorando de paz contempla para la reconstrucción y el desarrollo de Irán. Además, en julio la inflación volvió a superar el crecimiento del salario promedio por hora: 3.4% contra 3.2% anual.

Trump prometió evitar «guerras estúpidas» y terminó protagonizando una que ni siquiera puede concluir; su popularidad oscila con cada giro del conflicto. No es la primera vez que el mundo aprende a leerlo así: en mayo de 2025, Robert Armstrong, columnista del Financial Times, bautizó ese modus operandi de amagar y replegarse como TACO Trump always chickens out (Trump siempre se acobarda)—, término que se aplicó también a sus propios ultimátums contra Irán antes del alto el fuego.

Sin margen para darle una victoria limpia en Irán, al Partido Republicano tampoco le queda mucho que salvar en el Legislativo: el modelo de FiftyPlusOne calculaba al 3 de agosto un 85% de probabilidad de que los demócratas recuperen la Cámara y 55% de que se lleven también el Senado. A un presidente que no puede presumir la economía ni la guerra solo le queda el espectáculo: un golpe mediático lo bastante grande como para dominar el ciclo noticioso antes de la elección y devolverle, aunque sea por unos días, la imagen de mano dura que su base quiere ver. Es el mismo tipo de golpe que le funcionó, brevemente, con Maduro en enero. ¿Dónde puede repetirlo? ¿Dónde, si no en México?

Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, la presión de Washington ha escalado de forma casi ordenada: designación de grupos criminales como terroristas, directiva militar secreta para preparar operaciones contra los cárteles en suelo extranjero, amenaza de llevar los ataques a tierra «en cualquier lugar» y comparaciones con Al Qaeda. El 29 de abril, Estados Unidos acusó formalmente al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y a otros nueve funcionarios y exfuncionarios, y pidió su detención provisional con fines de extradición: la primera vez que Washington imputa a un gobernador mexicano en funciones.

A más de cien días de la solicitud, sin ningún obstáculo real que lo impida y con la FGR alegando una falta de pruebas que ni el tratado bilateral ni la Ley de Extradición Internacional exigen en esta etapa provisional, la gente ya se pregunta si esto no será un nuevo capítulo del

TACO-Trump, pero no me parece el caso. Es, más bien, la paciente espera del presidente yanqui para que su intromisión en México le reditúe votos en las elecciones de noviembre.

Gabriele Gratton, Richard Holden y Anton Kolotilin, tres economistas de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia, publicaron en 2018 un estudio en The Review of Economic Studies que le puso número y lógica a una intuición que el periodismo político estadunidense ya manejaba de forma empírica: el October surprise —la sorpresa de octubre—, el típico escándalo o revelación que aparece justo antes de una elección de noviembre y que puede voltear el resultado. Su conclusión central: divulgar pronto expone a mayor escrutinio, pero da credibilidad, y quien tiene algo que ocultar reserva la información hasta más tarde. El estudio habla de revelaciones, no de operaciones militares, pero, trasladada la lógica a Trump, se trataría de retener la acción hasta el punto más tardío que aún alcance a resonar antes de que cierre la votación. Con millones de estadunidenses votando antes de que termine octubre, ese punto se situaría, en mi cálculo, dos o tres semanas antes del 3 de noviembre.

Es obvio que Sheinbaum le apuesta a que no haya ninguna invasión antes de las elecciones de noviembre, ya sea para atacar instalaciones del crimen organizado o para levantar a algún miembro prominente de su movimiento, y quizá confía en que Trump está cuidando al electorado latino que, ya lastimado por la política migratoria, podría voltearle aún más la espalda. Sin embargo, dados los antecedentes y la desesperación del círculo del poder estadunidense, parece imposible que el cálculo le salga bien.

No sé qué forma tomará el golpe ni me atrevería a nombrar a la víctima. Pero ante un presidente desesperado que ya dilapidó su oportunidad en Irán, está a punto de perder el Congreso y ha hecho de la amenaza incumplida su estilo de gobierno, la tentación resulta evidente: guardarse el golpe para cuando más votos le reditúe.

Visto así, a Claudia no le alcanzará el tiempo para defender a los suyos y el golpe podría ser devastador, dependiendo de la raja electoral que intente obtener su contraparte naranja.

Podría haber otras acciones previas, como la reciente cancelación de la visa de Andy, pero el martillazo mediático debería llegar en octubre. Será entonces cuando los morenistas se mantengan en sus respectivas madrigueras. fdebuen@hotmail.com X y Substack: @ferdebuen

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