Pasadas las nueve de la noche, Andrés Manuel ingresó discretamente a Palacio Nacional y se dirigió por pasillos de servicio al despacho privado que reservó desde el 1 de octubre de 2024, aunque no aparecía por allí desde hacía meses. Detrás del escritorio de caoba, sobre el trinchador, descansaba el retrato donde él y Claudia levantaban juntos las manos el día de la toma de posesión. Afuera, las luces de un Zócalo disfrazado de Fan Fest —donde todavía se respiraba el triunfo de México la noche anterior— se colaban por una rendija de la cortina entreabierta.
Claudia ingresó sin tocar, lanzando un mensaje de poder, lo saludó con un beso desganado en la mejilla y ambos se sentaron en la mesa redonda.
—Andrés, necesito que me escuches con atención —inició la mandataria—. Quiero decirte que ya no puedo más con esto.
—¿Con esto qué, Claudia? —respondió él, levantando la mirada y clavándola en su interlocutora, sin ocultar su fastidio.
—Con esto de gobernar en un pasillo angosto, entre paredes cada vez más altas —espetó mirándolo directo a los ojos con la mandíbula trabada—. Entiendo que quieras proteger a Rocha y a los demás, pero es casi imposible, porque surgen como hiedras otros nombres y cada vez son más cercanos a tu primer círculo. Además, suena en todos los pasillos que Durazo y Américo ya están cantando con los gringos. Si cae Alfonso, todo el discurso de García Luna se viene abajo y nos deja en ridículo.
—Estados Unidos —continuó Claudia— ya confirmó que no se prorrogará el T-MEC y la alternativa será seguir por diez años más con revisiones anuales. El haber desaparecido al Poder Judicial, solo por venganza y para asegurarte de que nadie te tocara ni a ti ni a los tuyos, está frenando la inversión extranjera nueva. Además, tenemos encima a las agencias de Estados Unidos amenazándonos permanentemente. El hilo se está estirando mucho y se romperá si seguimos encubriendo a tu gente.
—Tranquilízate —dijo él, incorporándose de su silla y dirigiéndose hacia la ventana—. ¿Te asomaste anoche? Supongo que lo hiciste, pues no hay mejor vista. Allá afuera está el pueblo, nuestro pueblo feliz, la gente que nos cree, que nos adora y nos apoya. Eso no se ha perdido y es la fuerza capaz de mantenernos arriba. Mientras conservemos ese poder, podremos resistir los embates del exterior.
—¡Ajá! —exclamó ella con ironía, casi en tono de burla, ante la mirada escéptica de su interlocutor—. Tuviste dinero para gastar a manos llenas, agotaste los fondos que dejaron los neoliberales, los fideicomisos, las tranzas de Segalmex y todo lo que entró por nuestros nexos con Jalisco y Sinaloa, aparte del huachicol. Con eso compraste a más de treinta millones de conciencias, al Congreso y a muchísimos medios y periodistas. ¿Y ahora que ya no hay dinero para embarrar a la población con billetazos, el éxito de mi gobierno depende del marcador contra Inglaterra? Con tus obras caprichosas y la necedad de sostener a Pemex y la CFE, el país está muy cerca de una crisis que, cuando estalle, destruirá al movimiento.
Andrés Manuel intentó interrumpirla, pero ella se impuso.
—Yo ya no tengo nada de eso, Andrés. No puedo endeudar más al país porque las calificadoras están a nada de bajarnos la nota, y ese día no habrá abrazo tuyo que salve a México.
—Pues no olvides que buena parte de la deuda que dejé fue para asegurar tu triunfo en las elecciones —respondió él de forma altanera, tras regresar a su silla y levantando la voz—. Recuerda: si te desentiendes de los nuestros, no llegarás ni a la revocación de mandato.
—No fue para mi triunfo, fue para tu permanencia en el poder. Y tú no llegarías ni a final de año —respondió la presidenta sin contenerse—. Piensa que para fortalecerse hacia las elecciones de noviembre, Trump hará un escándalo grande en México y vendrá por alguien cercano a ti o hasta por ti mismo, y lo hará pronto. Es obvio que todas las detenciones y negociaciones con nuestra gente solo tienen por objetivo atraparte; eres el premio mayor.
La agresividad de su sucesora sorprendió al expresidente. Nunca se había atrevido a hablarle así. Él entendió que su ascendiente sobre ella se disolvía y que lo poco que le quedaba lo mantenía la primera dama solo por conveniencia.
—¿Pero sabes que si vienen por mí… te vas conmigo? —le soltó el tabasqueño a quemarropa.
—No, Andrés. Yo no iría a ningún lado. ¿O ya se te olvidó que a Delcy la dejaron al mando en Venezuela, sabiendo que estaba metida en el ajo de pies a cabeza? Así como Trump fue por Maduro por intereses mediáticos, así vendría por ti sin poner en riesgo mi posición.
—Si dejas que eso pase —respondió él casi a gritos y con los ojos inyectados de ira—, no te la vas a acabar, Claudia. Sabes muy bien que si algo me pasa a mí o a cualquiera de mis hijos, la reacción por la captura del Mencho sería un juego de niños en comparación con lo que sucedería en el país. Tu presidencia concluiría en cuestión de semanas.
—No puede concluir lo que aún no empieza, presidente —le respondió la jefa del Estado—. Me queda claro que necesito separarme de ti para gobernar y, como no lo puedo hacer en México, la alternativa es dejar que otros lo hagan.
Se levantó de su silla y, sin despedirse, salió por la puerta del despacho.
Nota del autor: no sobra mencionar que este diálogo no se llevó a cabo, pero... ¿y si sí?
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