—Gracias a todos y buenos días —se despidió la presidenta en su Mañanera del pueblo, ese híbrido venido a menos que heredó de su antecesor. La sonrisa mal dibujada que siguió a sus últimas palabras denotaba la angustia que por semanas la abrumaba sin descanso. Se separó del atril y con esos pasos cortos que la distinguen, salió del Salón Tesorería, en medio de un ambiente tenso que generó murmullos, incluso entre las decenas de periodistas afines a su causa. A sus muchas preocupaciones por la deplorable situación del país y la cada vez menos efectiva fabricación de cajas chinas, se sumó la solicitud de detención provisional con fines de extradición que llegó de la «pequeña oficina» —la propia Claudia dixit— de la Fiscalía Federal del Distrito Sur de Nueva York. Rocha Moya era mucho más que el Mayo, el Chapo y el Mencho juntos; el gobernador con licencia de Sinaloa podía provocar que, en semanas, los cimientos del sistema se derruyeran como los pilotes del Tren Maya en los cenotes.

Subió a su oficina en el Ala Sur de la planta alta de Palacio Nacional —ese que Hernán Cortés mandó edificar en 1522— y le pidió a su secretario particular que no le pasara llamadas, «ni siquiera si hablan de Palenque», y que la dejaran totalmente sola hasta nueva orden.

Ya en su escritorio, abrió su laptop y consultó uno de los muchos modelos generativos de inteligencia artificial. Preguntó cuáles habían sido los casos más importantes que había tramitado aquella pequeña oficina. La respuesta la abrumó, pues aparecieron nombres como los del Chapo Guzmán, Jeffrey Epstein y hasta el sempiterno Genaro García Luna, entre muchos otros. El último de los citados tiraba por completo su discurso de crítica a la mencionada fiscalía, pues por años alabó el trabajo que llevaron a cabo contra el acérrimo enemigo de la 4T. Después preguntó por el porcentaje de efectividad en condenas, y el número que surgió en la pantalla la dejó helada: más del 90%.

El tiempo apremia —pensó la mandataria— y tengo que decidir a la brevedad, pero la disyuntiva es terrible. Si lo entregamos a Estados Unidos o se pela, él buscará ser testigo protegido, a cambio de declarar todas sus ligas con el crimen organizado; si lo detenemos en México, sería como una bomba de tiempo, pues tendríamos que encarcelarlo para evitar que confiese todo lo que sabe y que involucre a la 4T, incluido el de Palenque, los millones destinados al patrocinio de campañas y las muchas dádivas entregadas a casi todos los líderes del movimiento. Una tercera vía —no pudo evitar pensar en ella— consistiría en dejar que el propio sistema hiciera lo suyo. En un país donde tantos personajes incómodos terminan convertidos repentinamente en expedientes cerrados, las ligas con el crimen organizado aportarían la narrativa perfecta para librarnos de toda responsabilidad.

—Pero… ¿qué estoy pensando, Dios mío? —murmuró, como si acabara de escucharse desde fuera.

Sacudió la cabeza e intentó concentrarse de nuevo, enumerando los pros y contras de cada alternativa. Abrió su Word y comenzó a escribir:

«Si lo entregamos a Estados Unidos o logra escaparse y consigue la protección de las agencias, tendrá que decir la verdad, porque compararán su versión con la de los narcos que ya están allá y cualquier discrepancia operaría en su contra. Sus declaraciones, por supuesto, hundirían la ya de por sí decimada credibilidad del partido. El único contrapeso sería que, con su entrega, ganaríamos el voto de confianza de Trump, a quien poco le importa el tema democrático, como lo demostró con Venezuela. Ello solucionaría en buena parte los conflictos por la renegociación del T-MEC y pondría de nuestro lado a una buena parte del liderazgo económico del país, que tampoco da un peso por nuestra democracia.

»Si lo encarcelamos en México, nos ganaríamos su resentimiento por la traición y prácticamente lo condenaríamos a muerte por los brazos ejecutores del C. O. que abundan en las prisiones de alta seguridad; si eso fuera poco, le daríamos razones a Trump para cancelar el T-MEC, lo que nos dejaría prácticamente en la ruina. La oligarquía mexicana nos daría la espalda por siempre.

»La tercera opción sería factible si la narrativa quedara inscrita en el terreno de la venganza de sus antiguos socios, lo que libraría al gobierno de cualquier responsabilidad.

»Sin embargo, lo de Rocha es poca cosa si se les ocurre a los gringos pedir la detención de Adán Augusto, de Marina del Pilar, de Delgado, de Américo, de Monreal o hasta de Andy y Bobby. Si eso llegase a suceder y no los entregamos, las relaciones con ellos se romperán definitivamente y nos arriesgaremos a que actúen por su cuenta y entren al territorio a secuestrarlos. Sería el acabose para mi gobierno y para el movimiento».

Con las manos temblorosas, la presidenta dejó de escribir y cerró la tapa de su computadora con cierta violencia. La empujó hacia adelante y dejó caer la cabeza sobre sus brazos, con respiraciones agitadas que rayaban en la hiperventilación. Se puso de pie, respiró hondo un par de veces para tranquilizarse y, tras un par de minutos, encendió el intercomunicador y le dijo a su secretario:

—Comunícame con Palenque.

fdebuen@hotmail.com

X y Substack: @ferdebuen

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