La gran promesa de la educación moderna fue sustituir los privilegios de nacimiento por el esfuerzo, el mérito y el aprendizaje. La promesa era simple: quien se esfuerce y desarrolle capacidades tendrá mayores oportunidades de prosperar. Por eso resulta preocupante que el gobierno de la 4T tenga un discurso que pone en duda la exigencia educativa. Bajo la bandera de la inclusión y la igualdad, se han adoptado políticas que transmiten un mensaje peligroso: el esfuerzo no importa. La eliminación de los exámenes de ingreso a la educación media superior y su sustitución por mecanismos azarosos constituye un ejemplo claro. Un sistema de sorteo puede parecer más igualitario porque todos tienen la misma probabilidad de ser seleccionados, pero renuncia a un principio elemental: reconocer y estimular la preparación, la disciplina y el trabajo que realizan los estudiantes por superarse. El azar puede distribuir lugares, pero estimula el conformismo; el mérito, en cambio, incentiva el aprendizaje. Algo similar ocurre con las políticas que permiten promover de grado a estudiantes que reprueban varias asignaturas. La intención de evitar la deserción escolar es legítima, pero cuando se desvincula el avance escolar del aprendizaje se envía un mensaje equivocado: para progresar no es necesario aprender. Los países más avanzados no se distinguen por exigir menos, sino por enseñar mejor y por mantener altas expectativas para todos los estudiantes. Aprender exige tiempo, disciplina, constancia y, muchas veces, sacrificio.

La reciente crítica presidencial a la alta exigencia académica en la formación de médicos merece una reflexión en este sentido. La medicina es, probablemente, una de las profesiones en las que el conocimiento y la competencia tienen consecuencias más directas sobre la vida humana. Un sistema que reduzca los estándares de formación médica en nombre de la inclusión estaría comprometiendo la calidad de la atención que recibirán los pacientes. La verdadera igualdad de oportunidades no consiste en eliminar la exigencia ni en disminuir los estándares para que puedan ser alcanzados. Consiste en ofrecer a todos las herramientas necesarias para que puedan cumplir con esos altos estándares. Igualar hacia abajo no es justicia social; es renunciar a ella.

Las declaraciones de la presidenta sobre la formación de médicos revelan con claridad la pobre manera de entender la educación. Según afirmó, “durante años los exámenes de ingreso fueron diseñados para reprobar aspirantes, limitar el número de estudiantes de medicina y favorecer que muchos terminaran matriculados en universidades privadas”. Se trata de una acusación grave (y maquiavélica) que, hasta ahora, no ha sido acompañada de evidencia que la sustente. Más preocupante aún fue que la presidenta sostuvo que anteriormente se privilegiaba la calidad sobre la cantidad en la formación de médicos y planteó que esa lógica debe revertirse. Sin duda México necesita formar más médicos, especialistas y profesionales de la salud. El problema aparece cuando se presenta la calidad y la cantidad como si fueran propósitos incompatibles. Reducir los estándares académicos para incrementar el número de egresados no resuelve la escasez de buenos profesionales, pero sí traslada el problema a los hospitales, a los pacientes y al sistema de salud. La medicina es una profesión donde un diagnóstico equivocado, una mala decisión clínica o una preparación deficiente pueden costar vidas. En ningún lugar del mundo la respuesta a la falta de médicos ha consistido en hacer menos exigente su formación.

El mismo razonamiento puede extenderse al conjunto del sistema educativo. Cuando se eliminan o debilitan mecanismos de evaluación, cuando se promueve de grado a estudiantes sin que hayan adquirido los conocimientos mínimos, cuando se transmite la idea de que la exigencia académica es un obstáculo y no una condición del aprendizaje, el mensaje que reciben millones de estudiantes es que ni el esfuerzo ni el trabajo importan. Desde luego, las condiciones de origen no son iguales para todos. Pero una sociedad verdaderamente igualitaria no elimina la exigencia: crea las condiciones para que más personas puedan alcanzarla. Una educación justa no es la que hace más fácil aprobar; es la que hace posible que cualquier niño, sin importar su origen, pueda alcanzar los más altos estándares mediante el esfuerzo, mérito y aprendizaje; sin ellos lo que se fomenta es una educación de 4ª.

Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa

@EduardoBackhoff

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