Ayer México perdió contra Inglaterra. Fue una noche intensa y, por momentos, heroica, pero dolorosa. Se quedó otra vez en esa frontera que durante tantos años ha separado a la Selección Mexicana de lo que quiere ser.
El marcador importa. Claro que importa. En el futbol competitivo no hay que esconderse detrás de discursos cómodos. Ganar cambia la historia. Perder, incluso en una noche heroica, no la rompe. México no pasó a cuartos de final. La frontera sigue ahí. Pero no todas las derrotas significan lo mismo. La de ayer duele precisamente porque México compitió, empujó, hizo sufrir a Inglaterra y se quedó corto en el marcador, no en dignidad competitiva.
Pero esta columna no trata solamente del partido de ayer.
Trata de algo que empezó antes del silbatazo inicial y que no se borra con un marcador: Javier Aguirre le devolvió seriedad a la Selección Mexicana.
Después de muchos años de ruido, discursos inflados y promesas que no terminaban de sostenerse en la cancha, México volvió a parecer un equipo. No una campaña publicitaria. No una colección de nombres. No una ilusión administrada por patrocinadores. Un equipo.
Eso, en el futbol mexicano, no es poca cosa.
El equipo que llegó al partido contra Inglaterra había ganado sus cuatro partidos anteriores. No había recibido gol. Había competido con orden, con movilidad, con disciplina y con una idea reconocible. No era una Selección con grandes estrellas (aunque algunas empiecen a formarse). Era otra cosa: un grupo serio, cambiante, dinámico, con los pies en la tierra y con una estructura que permitía creer sin necesidad de engañarse.
Esa diferencia importa.
Durante demasiado tiempo, México confundió ilusión con obligación. Cada Mundial llegaba cargado de frases hechas, anuncios emotivos, discursos de grandeza y promesas tácitas de que ahora sí. Después venía la realidad. A veces una realidad cruel, a veces una realidad todavía peor, como en Qatar 2022, cuando México ni siquiera avanzó de la fase de grupos.
Por eso este Mundial se sintió distinto.
No porque México haya descubierto una fórmula mágica. No porque Aguirre haya resuelto los problemas estructurales del futbol mexicano. No porque de pronto seamos potencia, sería ingenuo decirlo así. Se sintió distinto porque hubo sobriedad. Porque hubo trabajo. Porque hubo prudencia. Porque el equipo habló más en la cancha que en las conferencias. Porque el técnico no necesitó vender épica antes de merecerla.
Aguirre hizo algo que parece simple, pero no lo es: bajó el ruido.
En un entorno acostumbrado a exagerarlo todo, el Vasco eligió administrar la presión. No prometió imposibles. No disfrazó limitaciones. No convirtió cada pregunta en una proclama. Armó un equipo competitivo, reconoció el tamaño del reto y entendió que la Selección necesitaba menos espectáculo alrededor y más claridad dentro del campo.
También entendió el momento generacional.
México llegó a este Mundial con jóvenes que —sin duda— serán parte de la base de la Selección en los años por venir. Algunos todavía están en formación. Otros apenas empiezan a medir el peso real de una camiseta nacional en el máximo escenario posible. Pero no fueron lanzados al campo como ocurrencia ni como gesto decorativo. Fueron integrados a una estructura. Eso cambia mucho.
Un joven puede tener talento y perderse. Puede tener condiciones y no encontrar contexto. Puede ser promesa durante años sin convertirse nunca en realidad. La diferencia, muchas veces, está en el ecosistema. Aguirre les dio eso: un equipo que los protegía, que los exigía y los obligaba a competir de verdad.
Ese puede ser uno de sus legados más importantes.
El otro estaba sentado a su lado.
Rafael Márquez no vivió este Mundial como un simple auxiliar. Lo vivió como heredero natural de un proceso que, si la Federación no vuelve a romper por ansiedad, debería mirar hacia 2030. Márquez no solo observó entrenamientos o escuchó indicaciones tácticas. Vio cómo se maneja un vestidor en un Mundial en casa. Cómo se administra la presión de un país entero. Cómo se protege a los jóvenes. Cómo se habla antes de un partido enorme. Cómo se gana autoridad sin necesidad de sobreactuarla.
Aguirre dirigió el presente. Márquez observó el futuro desde la banca.
Esa transición, en un futbol mexicano acostumbrado a empezar de cero cada vez que algo sale mal, también merece ser reconocida.
La Selección Mexicana venía de años difíciles. No solo por los resultados, sino por la sensación de extravío. Había perdido futbol, pero también había perdido credibilidad. Le costaba convencer incluso cuando ganaba. Le costaba emocionar sin despertar sospecha. Le costaba construir una ilusión adulta, de esas que no necesitan gritar para ser reales.
Este equipo recuperó parte de eso.
Y reconocer lo bien hecho no es bajar la vara. Agradecer el trabajo de Aguirre no es renunciar a pedir más. Al contrario: es entender que solo se puede exigir en serio cuando existe una base real sobre la cual construir.
Este Mundial dejó una base.
Dejó jóvenes con minutos, presión y aprendizaje. Dejó un equipo reconocible. Dejó una idea. Dejó una transición técnica posible hacia Rafael Márquez. Dejó la sensación, poco frecuente en la Selección Mexicana, de que no todo tiene que volver a empezar desde cero.
Eso no es menor.
Ayer, contra Inglaterra, México jugó un partido que podía cambiar su historia inmediata. No lo ganó. Pero este equipo dejó mucho más que una nueva frustración. Obligó a Inglaterra a sobrevivir. La hizo sufrir en el Azteca. Y aunque eso no alcanza para celebrar, sí alcanza para reconocer que México volvió a competir con seriedad.
Gracias, Vasco, por devolverle seriedad a la ilusión.
Gracias por formar un equipo antes que una narrativa.
Gracias por darles contexto a los jóvenes, no solo minutos.
Gracias por hablar con prudencia en un país que suele confundir prudencia con falta de ambición.
Gracias por recordarnos que una Selección Mexicana puede competir sin vender humo.
Ayer México perdió 3-2 contra Inglaterra.
Pero antes de ese partido, Javier “El Vasco” Aguirre ya había conseguido algo que hacía mucho no conseguía un técnico nacional: que la Selección Mexicana volviera a tomarse en serio a sí misma.
Y por eso, más allá del resultado, había que decirlo:
Gracias, Vasco.
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