En vísperas de la 56º Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos, convocada en el marco de la conmemoración del Bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, primer esfuerzo por construir un espacio de encuentro político entre las nacientes repúblicas americanas, el panorama es desalentador.
A lo largo de dos siglos, la experiencia acumulada y los profundos cambios que el mundo ha experimentado; las preguntas siguen siendo las mismas: ¿cómo enfrentar desafíos comunes y construir acuerdos?, ¿cómo garantizar la integridad y soberanía de nuestras naciones?
Basado en las anfictionías de la Antigua Grecia, asociaciones de ciudades-Estado que se reunían periódicamente para deliberar sobre asuntos comunes, resolver disputas y coordinar acciones colectivas. En 1826 Simón Bolívar convocó al primer Congreso Anfictiónico de Las Américas para atender los problemas de fragmentación política, los conflictos territoriales, la vulnerabilidad frente a las potencias extranjeras y la ausencia de mecanismos estables de concertación que experimentaban las recientes naciones independientes de nuestro continente.
A partir de entonces y tras las Conferencias Panamericanas del siglo XIX, bajo la premisa de que los problemas compartidos deben abordarse mediante la cooperación sin imposición ni intervención alguna, en 1948 se fundó la OEA, una organización de cooperación política, promoción de la paz, la democracia, los derechos humanos y el fortalecimiento de mecanismos de solidaridad hemisférica para la solución pacífica de sus diferencias.
Principios que cobran mayor relevancia en nuestro continente ante los desafíos complejos, transnacionales y multidimensionales que enfrentamos: desigualdad, migración, defensa y protección de los derechos humanos, crimen organizado transnacional, cambio climático, transformación tecnológica, fortalecimiento de la democracia, entre otros, en un escenario de menoscabo del derecho internacional y del multilateralismo, que la OEA está lejos de superar.
La OEA llega a su 56º Asamblea en Panamá en medio de una crisis institucional y financiera, que más allá de las restricciones económicas por la contención de las aportaciones de algunos Estados (que se ha convertido en un instrumento de presión y coerción política) y de las tensiones internas, la pretensión de remover al Secretario General por distintos cuestionamientos y el alineamiento de diversos Estados en torno al “Escudo de Las Américas”, ponen en entredicho el resultado de su Asamblea General y el futuro de la organización. Lo que está en disputa es el control de la OEA y su adscripción al proyecto ultraconservador que avanza en nuestro hemisferio, que lejos de profundizar el multilateralismo, la cooperación y los consensos, busca imponer una visión unilateral y excluyente, basada en la coacción, la imposición, el chantaje, la fuerza y la desconfianza de un nacionalismo supremacista, que históricamente ha demostrado su fracaso.
Por ello, la Asamblea General adquiere una importancia particular. Si bien la OEA, históricamente ha sido cuestionada en su legitimidad, es uno de los escasos espacios hemisféricos donde convergen en igualdad los estados americanos, con organismos internacionales, academia y organizaciones de la sociedad civil para debatir los desafíos comunes de la región. Lo que no debe entenderse como una mera formalidad, sino como la condición para fortalecer la legitimidad de las decisiones colectivas al incorporar perspectivas diversas, conocimientos especializados y experiencias provenientes de distintos sectores de la sociedad.
La Carta Democrática de la OEA reconoce la importancia de la participación social, al tiempo que ha fortalecido progresivamente los espacios de interacción con la sociedad civil y otros actores internacionales. La participación de actores diversos amplía el escrutinio público, fortalece la rendición de cuentas y contribuye a que las decisiones respondan efectivamente al interés común, y por tanto adquieren legitimidad cuando son abiertas al diálogo y a la deliberación. Prueba de ello es el afianzamiento -hasta ahora- del Sistema Interamericano de Derechos Humanos.
El Congreso Anfictiónico convocado por Bolívar fracasó. No logró la creación de una confederación de repúblicas para defenderse y unirse política y militarmente. Mal augurio en un momento donde la incertidumbre, la polarización y la tentación supremacista se hacen presentes, cuando hace falta reafirmar que la cooperación de todos es la mejor manera para atender las dificultades comunes, así como para construir estabilidad, prosperidad y democracia en nuestro continente.
Embajador de México ante la OEA
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