Mientras las delegaciones de México, Estados Unidos y Canadá se sientan a la mesa para dar el banderazo de salida a las siempre complejas negociaciones de revisión del T-MEC, el ambiente social en nuestro país se encuentra inyectado de un optimismo inusual. Las tres victorias consecutivas de la Selección Mexicana en el Mundial de Futbol 2026 han generado una atmósfera de orgullo y cohesión que, gestionadas con las mejores prácticas de comunicación estratégica, pueden convertirse en una ventaja competitiva impecable que nos beneficia como Marca país.

En el terreno del manejo de la reputación, este fenómeno nos brinda una oportunidad de oro para reposicionarnos como país. Tradicionalmente, la narrativa exterior de México ha sido víctima de conceptos mediáticos asociados a la vulnerabilidad o al conflicto. Hoy, la racha mundialista actúa como un ecualizador anímico frente a la hostilidad de interlocutores complejos, singularmente como lo es Donald Trump.

Su conocida retórica transaccional y proteccionista prospera cuando el rival se percibe amedrentado o fragmentado internamente. Sin embargo, un país que se comunica y se proyecta a sí mismo bajo la narrativa de un "México ganador" deconstruye el manual del miedo de Washington, permitiendo replantear la simetría en las negociaciones. ¿Y si en ese contexto, México gana el Mundial? ¿Esto cómo nos beneficia como país?

Capitalizar este momento de euforia exige pasar del festejo espontáneo a una estrategia de comunicación institucional unificada. Una buena práctica fundamental es el alineamiento de mensajes; es decir el gobierno, el sector privado y los representantes comerciales deben adoptar este clima de confianza no como una distracción folclórica, sino como el reflejo de una nación pujante, competitiva y resiliente, a pesar de los malos momentos y decisiones políticas internas.

Sin embargo, la metodología de la comunicación estratégica y la gestión reputacional nos advierten sobre el peligro del triunfalismo vacío. Los goles se celebran hoy, pero las reglas del comercio exterior que regirán la próxima década se firman bajo datos técnicos y en medio de mesas de negociación que presentarán duros obstáculos.

El verdadero reto para los estrategas nacionales radica en una transmutación de la narrativa que sea capaz de independizarse de la volatilidad del balón, sin importar si el siguiente partido de México le depara una derrota, el valor de lo ya conquistado debe capitalizarse de inmediato.

Si un simple encuentro de futbol tiene la fuerza habitual para unificar los corazones de todo un país, la comunicación pública debe plantear una pregunta obligada, ¿por qué no activar esa misma cohesión y orgullo frente a los grandes desafíos económicos de nuestra historia? El orgullo deportivo debe operar como un escudo que consolide el frente interno, mientras nuestros negociadores de carrera avanzan con precisión de cirujano en los temas más espinosos, como las reglas de origen automotrices o la soberanía energética, blindando la viabilidad del país contra la hostilidad de la presión internacional.

El gran mérito de una sólida estrategia de marca país es la capacidad de transformar un pico de atención emocional en un activo de percepción permanente. Capturar la energía del Mundial para elevar la reputación de México no es frivolidad; es pragmatismo geopolítico.

Si logramos proyectar que el éxito no es una casualidad del balompié, sino el síntoma de un México preparado para competir y ganar en cualquier disciplina, entraremos a la revisión del T-MEC no a defender una posición de supervivencia, sino a consolidar nuestro estatus como un socio estratégico indispensable, digno y de primer nivel.

Director General de REDCE Comunicación y especialista en Relaciones Públicas y Comunicación de Crisis.

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