Las remesas dejaron de ser solamente una historia de amor familiar, sacrificio migrante y supervivencia económica. A partir de la nueva orden ejecutiva firmada por Donald Trump, también entran al terreno de la seguridad nacional, el lavado de dinero y la desconfianza bilateral.

Conviene decirlo con precisión para no caer en el escándalo fácil. Estados Unidos no prohibió el envío de remesas a México. Lo que hizo fue endurecer revisiones financieras, identificación de clientes, operaciones sospechosas, uso de ITIN, matrículas consulares y mecanismos de triangulación de recursos.

En lenguaje de banquero, no cerraron la ventanilla, pero le pusieron más cámaras, más preguntas y más motivos para negar operaciones.

El problema es que en la vida real esos filtros no golpean primero a los criminales sofisticados. Golpean al trabajador que limpia cocinas, construye casas, cuida jardines, maneja camiones o lava platos, y que cada semana manda 300 o 400 dólares para que su familia pague comida, renta, medicinas, escuela, una deuda atrasada o el terrenito donde algún día sueña regresar a retirarse.

Las remesas son, en buena medida, la demostración más clara de que ese American dream tan cacareado todavía existe para millones de mexicanos, aunque sea en su versión más dura y sacrificada. Trabajar allá, vivir con poco, dormir cansados y mandar a México una parte del futuro que este país no supo darles.

México recibió más de 61 mil millones de dólares en remesas durante 2025. No hablamos de un lujo financiero. Hablamos de una red de oxígeno para millones de hogares mexicanos.

Por eso esta decisión debe entenderse como una de las consecuencias económicas más delicadas del conflicto que el narcotráfico ha generado entre México y Estados Unidos. Washington ve flujos financieros vulnerables al crimen. México responde muchas veces con discursos de soberanía y evasión política. En medio quedan las familias.

También existe otro punto que no puede ignorarse. Desde hace años diversos análisis advierten que una parte de las remesas podría estar siendo utilizada para lavar dinero del crimen organizado. Signos Vitales estimó en 2023 que alrededor del 7.5 por ciento de las remesas enviadas a México en 2022 podrían tener vínculos con recursos ilícitos.

La alerta no surgió solamente por el volumen de dinero, sino por el crecimiento atípico de remesas en municipios sin tradición migrante proporcional, zonas con fuerte presencia criminal y regiones donde la economía formal no alcanza para explicar esos flujos financieros.

El verdadero drama está allí. Por culpa de una minoría criminal que aprendió a utilizar bancos, fintechs, transferencias pequeñas y prestanombres, millones de migrantes honestos pueden terminar pagando el costo reputacional y operativo. Otra vez los delincuentes contaminan la economía formal y los ciudadanos decentes terminan haciendo fila más larga.

Para México el riesgo es enorme. Si enviar dinero se vuelve más caro, más lento o más riesgoso, parte del flujo puede moverse a canales informales. Eso significa más efectivo, menos trazabilidad y más oportunidades para los mismos criminales que supuestamente se quiere combatir.

Al final, ese es el tamaño del fracaso. El narco no solo mata, corrompe y captura gobiernos. También ensucia el dinero del migrante honrado. Cuando el sacrificio de una familia empieza a parecerse en los radares financieros al movimiento de una red criminal, el país ya no solo perdió seguridad. Perdió confianza. Otra raya más al tigre.

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