Desde el 18 de abril, la relación entre México y Estados Unidos empezó a entrar en una fase mucho más delicada y peligrosa. Y millones de mexicanos todavía no alcanzan a dimensionar lo que realmente está en juego.
Porque esto ya no es solamente un conflicto diplomático ni un intercambio de declaraciones incómodas. Lo que estamos viendo es el inicio de una crisis entre dos países profundamente integrados, pero brutalmente asimétricos.
Estados Unidos tiene una economía superior a los 28 billones de dólares. La mexicana ronda apenas 1.8 billones. Ellos gastan casi un billón de dólares al año en defensa. México alrededor de 16 mil millones. Su capacidad tecnológica, financiera, militar y judicial pertenece a otra dimensión.
Pero la diferencia más delicada no está solamente en el tamaño. Está en la dependencia. México depende profundamente de Estados Unidos para exportaciones, empleo, remesas, inversión, turismo e industria automotriz. Más del 80 por ciento de nuestras exportaciones terminan allá. Millones de familias mexicanas viven directa o indirectamente de esa relación.
Por eso resulta irresponsable minimizar lo que está ocurriendo. La presión norteamericana dejó de ser discreta hace tiempo. Primero vinieron los señalamientos políticos. Después las sanciones financieras. Luego las filtraciones, investigaciones, acusaciones judiciales y la creciente narrativa internacional sobre la penetración criminal en regiones completas del país.
Y mientras eso ocurre, buena parte de la clase política mexicana sigue atrapada en propaganda, campañas anticipadas y administración emocional de encuestas. El problema es que Estados Unidos no analiza esto desde la lógica electoral mexicana. Lo analiza desde su propia lógica política y electoral, sí, pero también desde algo mucho más delicado para ellos, su visión de seguridad nacional.
Cuando Washington mete un tema en ese cajón, los costos económicos pasan a segundo plano. También hay que decirlo con claridad. Un conflicto económico con México también le pegaría a Estados Unidos. No somos un vecino decorativo. Somos parte de su comida, de sus autos, de sus fábricas y de millones de empleos.
Pero aquí está el detalle que muchos no quieren ver. A Donald Trump eso no necesariamente lo detiene. Ahí está el conflicto con Irán y el impacto en combustibles. Puede subir la gasolina y brincar el mercado, pero sí políticamente les sirve mostrar fuerza, la muestran.
Por eso México cometería un error gravísimo si apuesta a que Estados Unidos no presionará porque también puede salir raspado. Las potencias no siempre actúan con calculadora de supermercado. A veces actúan con cálculo electoral, doctrina de seguridad y necesidad de mandar mensajes.
México tiene todo el derecho de defender su soberanía y exigir respeto. Pero una cosa es defender la dignidad nacional y otra muy distinta jugar irresponsablemente con la relación más importante para la estabilidad económica y social del país, todo por proteger una franquicia partidista y a sus miembros incómodos, como ocurre con Rocha Moya y compañía.
La soberanía no puede convertirse en escudo retórico para proteger políticos bajo sospecha. La soberanía se defiende protegiendo al pueblo mexicano, no blindando a quienes han colocado al país bajo una presión internacional cada vez más grave.
Y lo más delicado es esto. Cuando una relación así empieza a deteriorarse, el impacto baja rápidamente a la vida cotidiana. Lo siente el tipo de cambio. Lo siente el empresario que exporta. Lo siente el trabajador de maquila. Lo siente el agricultor. Lo siente la inversión. Lo sienten las familias que viven de remesas.
Las crisis bilaterales no se quedan en las cancillerías. Se meten al refrigerador, al empleo y al bolsillo. Y justamente ahí es donde hoy México luce más vulnerable que nunca.
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