Nació durante la dictadura militar argentina. Sólo tenía 25 días de vida cuando secuestraron a sus padres Ester Felipe y Luis Mónaco. Ni la niña, sus abuelos, tías, tíos o amistades volvieron a ver a la joven pareja desaparecida en las garras del Centro Clandestino de Detención y Exterminio “La Perla”, en Córdoba. La semana pasada, después de 48 años y tres meses de búsqueda incesante, les llegó la noticia del hallazgo y la identificación de los restos. Estaban juntos bajo la tierra.

Escucho conmovida a Paula Mónaco Felipe en una grabación que subió a redes junto con las más bellas fotos de sus padres: “Soy hija de Ester Felipe y Luis Mónaco. Para mí (…) la búsqueda ha sido como una carrera sin final, constante de toda mi vida. Ha sido andar, andar, andar sin parar, a veces corriendo, a veces caminando, a veces siendo muchos quienes andamos, a veces siendo poquitos. Cuando nos dijeron que había restos de nuestros familiares en Loma del Torito (…) para mí fue una alegría inmensa que se extiende y dura hasta el día de hoy. Porque de verdad pensé que nunca lograríamos encontrarles. Porque 14 mil hectáreas que tiene el Tercer Cuerpo de Ejército son un mar infinito, donde es muy difícil encontrar y sobre todo si los genocidas se esforzaron tanto por esconder. Entonces, saber que empezamos a encontrarles es una gran alegría, es la felicidad que da el poder sacarlos de un lugar oscuro a donde intentaron destinarlos para siempre, (…) para traerlos con nosotros de regreso, hacia la luz. Para traerlos de vuelta y para que ya no estén solos, ahí, escondidos”.

Paula nació en Córdoba, Argentina (1977), creció con sus abuelos y allá estudió. Hoy reside en México, como su querida tía Liliana Felipe, cantante, pianista y compositora. Es periodista, escritora y activista con especialidad en derechos humanos, ha sido Premio Nacional de Periodismo (2019 y 2021), apenas estrenó el 26 de marzo en Netflix su docuserie la fiscal (así, con minúsculas) que dirige junto con Miguel Tovar (acerca de los feminicidios en México) y es autora del libro Ayotzinapa: horas eternas (2015). Lo realizó pensando en los hijos de los estudiantes que eran bebés en el momento de la desaparición o muerte de sus padres, a partir de su experiencia en la organización argentina HIJOS (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia Contra el Olvido y el Silencio).

La madrugada del 11 de enero de 1978, dormía en su cuna en casa de sus abuelos, con su madre, cuando el secuestro. Ester era psicóloga y tenía 27 años. Luis era periodista, tenía 30, y estaba en el departamento donde vivían cuando fueron por él. Militaban en favor de los trabajadores. Por eso los desaparecieron hasta que el Equipo Argentino de Antropología Forense los identificó y encendió la memoria de sus biografías, junto con las de 12 personas más.

Los asesinos fueron condenados en 2016. Entonces, Paula hizo su propia familia. Y ejerce su vocación con la idea de que “(…) hace falta que todes intentemos todo (…) hacen falta fiscales, periodistas, maestras, entrenadores, panaderos… y personas desde todas partes deteniendo al horror y recuperando la humanidad, con una pulsión de vida, empatía y de cuidarnos y protegernos”.

En medio de nuestra realidad compleja y oscura, “tenemos que aferrarnos también a las batallas que ganamos. Las necesitamos. Las esperanzas deben tener rostros, historias, personas concretas”, dijo en entrevista con Radio Luciérnaga.

Ella es parte ya de una batalla ganada, porque como escribe su amiga Janahuy, la suya “es una victoria sagrada para todos los hijos e hijas que nos negamos a que el silencio sea el punto final de nuestra historia”.

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios