Ln fecha reciente conversé con Mariana Mazzucato, la influyente economista ítalo-inglesa, sobre tres temas, que enfocamos cada uno en una pregunta.
El Plan México. ¿Puede México dejar de administrar problemas y empezar a crear crecimiento?
La prosperidad compartida. ¿Cómo se aterriza un eslogan hermoso como este en acciones y luego en hechos?
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Soñar el futuro. ¿De qué sirve a una economía la cultura y la construcción de sueños?
La conversación completa pasará próximamente en el programa que conduzco para el Canal 14 y el Canal 11, Largo aliento, pero dada la densidad de las respuestas de Mariana y su interés publico este adelanto del primer tema en EL UNIVERSAL.
Me parece que son respuestas que valen la pena leerse (no sólo escucharse), y leerse despacio.
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Mariana Mazzucato, empecemos por despejar una confusión. Hay quienes dicen que tú eres la autora del Plan México.
—El Plan México se diseñó sin mí. Pero como mi instituto —el Instituto para la Innovación y el Propósito Público del University College de Londres— estudia cómo deben diseñarse las políticas económicas para impulsar un crecimiento verdaderamente transformador, presentamos una serie de recomendaciones.
Es decir, no redactaste el Plan México, propusiste mejoras.
—Y son mejoras preliminares. Y quiero aclarar también que para ello el gobierno de México no pagó un centavo. Este es un trabajo de investigación para el que mi instituto recibe fondos de organizaciones filantrópicas a nivel global.
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Usar el litio no sólo para exportarlo, sino para desarrollar una nueva industria.
—Dije [al gobierno de Claudia Sheinbaum] que necesitamos alejarnos de las alianzas público-privada parasitarias y clientelistas para avanzar hacia una alianza basada en la reciprocidad. ¿Cómo utilizar las herramientas [del gobierno], ya sea un préstamo, un subsidio o las contrataciones públicas, para alentar a empresas de distintos sectores a trabajar con el gobierno para resolver un problema concreto? ¿Y cómo podemos utilizar la extracción de un recurso para desarrollar una nueva industria?
Suelo usar el ejemplo de Dinamarca porque es un país diminuto. Es muy interesante ver cómo se han convertido en un líder mundial en servicios verdes digitales de alta tecnología a través de la misión de Copenhague.
Mariana, una de las palabras que aparece mucho en el Plan México es “innovación”. ¿Cómo puede México ser innovador? No traer la innovación a nuestro país, sino ser innovador.
—El crecimiento es impulsado por la inversión y la innovación. Históricamente, México ha tenido bajos niveles de inversión e innovación. Eso ayuda a explicar su bajo crecimiento. De hecho, el gasto en investigación y desarrollo en México se redujo de cerca de 0.4% del PIB (Producto Interno Bruto) a 0.25% en 2024. Es uno de los niveles más bajos de la OCDE. Eso no es bueno. Ahora bien, cualquier país puede decir: “aumentaremos la investigación y el desarrollo, y aumentaremos la innovación”. No conozco ningún país que no lo diga. Es un eslogan hermoso. La pregunta es cómo transformar ese eslogan en misiones, para lograr realmente las metas que se ha fijado el Plan México.
Y, supongo, ¿cómo lograr que el cumplimiento de esas metas produzcan no sólo crecimiento, sino crecimiento compartido, que es un concepto que se reitera en el Plan México?
—Antes que nada, hay que decir que no es un concepto muy original. En toda América Latina, por ejemplo en el gobierno de Gustavo Petro en Colombia, también se habla de prosperidad compartida y de economía popular. La pregunta es cómo lograr que no sea sólo un eslogan, sino una realidad. Y justamente de eso trata nuestro informe.
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La prosperidad compartida significa que el crecimiento llegue a todos. Para ello hay que construir un nuevo modelo de desarrollo que no sólo genere crecimiento, sino que haga que ese crecimiento se distribuya territorialmente, para que no prospere una región mientras otra se queda atrás; y que beneficie a las distintas comunidades, a los pueblos indígenas, a los trabajadores y a toda la sociedad. Además, debe apoyarse en una estrategia industrial, por ejemplo, aprovechando el nearshoring. Es decir, el objetivo final es un crecimiento que maximice el bienestar social, reduzca la pobreza y fortalezca la integración regional.
Mariana, el Plan México recomienda textualmente “aumentar la capacidad fiscal del gobierno mediante ajustes tributarios para financiar la innovación y la capacitación laboral”. En dos palabras: subir impuestos. Pero, ¿subir impuestos a quiénes? ¿Y cuánto?
—Hay que pensar en una reforma fiscal que no sólo redistribuya mejor la riqueza, sino que también incentive las inversiones que el país necesita. Por ejemplo, algunos países reducen el impuesto a las ganancias de capital cuando las inversiones se mantienen durante largo tiempo. Eso estimula la inversión de largo plazo. En cambio, si el sistema fiscal trata igual a las inversiones de corto y de largo plazos es lógico que predominen inversiones más especulativas y extractivas.
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Hay muchos tipos de impuestos…
—Exacto. En nuestro informe analizamos el impuesto sobre la renta, el impuesto a las empresas, los impuestos sobre la riqueza, la propiedad y las ganancias de capital. Cada gobierno decide cómo diseñar su sistema tributario… Y cada gobierno debe emplear los impuestos como instrumentos. Por ejemplo, puede haber impuestos que premien a las empresas que producen de manera más eficiente o más sostenible.
También puede gravarse la riqueza que no genera nueva actividad económica, sino que simplemente se acumula o se hereda.
Por eso, en nuestro informe sostenemos que el Plan México no puede discutirse sin hablar del sistema fiscal. La pregunta no es si los impuestos deben subir o bajar. La pregunta es cómo diseñarlos para impulsar el tipo de crecimiento que el país quiere alcanzar.
Aquí, en Largo aliento, Raquel Buenrostro —cuando dirigía el SAT— nos dijo que alrededor de la mitad de los comerciantes en México son informales. No están registrados y no pagan impuestos. Es uno de los grandes problemas de nuestra economía.
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—Lo primero es recordar que la recaudación fiscal de México es una de las más bajas de la OCDE. En 2023 representaba menos de 18% del PIB, incluso por debajo del promedio de América Latina.
Claro que hace falta combatir la evasión, pero para hacerlo el Estado necesita capacidad. En nuestro informe insistimos en que hay que fortalecer las instituciones para que puedan administrar y hacer cumplir las políticas públicas. De nada sirve un plan si el gobierno no tiene la capacidad para ejecutarlo.
También hay un problema de base tributaria. Existen impuestos sobre la riqueza, las herencias, la propiedad y las ganancias de capital que pueden fortalecerse. La idea no es cobrar impuestos por cobrar, porque eso podría frenar el crecimiento, sino construir una base fiscal que permita financiar el desarrollo sin afectar a los sectores más vulnerables ni a la clase media.
Lo que proponemos es redistribuir parte de la riqueza acumulada por quienes más se han beneficiado en las últimas décadas. Cada país decide cómo hacerlo, pero una cosa es clara: no puede haber prosperidad compartida ni crecimiento incluyente sin una reforma fiscal.
Eso sí, debe ser una reforma progresiva, no regresiva. Por ejemplo, el IVA suele ser un impuesto regresivo porque pesa proporcionalmente más sobre quienes tienen menos ingresos. En cambio, conviene gravar las rentas y la riqueza que no generan inversión productiva, y al mismo tiempo favorecer las ganancias que sí contribuyen a resolver los grandes problemas del país. Ese es el enfoque que proponemos para acompañar al Plan México.
Mariana, ¿por qué a ti, como economista, te interesa en especial México?
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—Por dos razones. La primera es personal: estudié en la UNAM en 1989 y dejé ahí una parte de mi corazón. La segunda es que México tiene un proyecto progresista. Hoy no hay muchos gobiernos en América Latina con una visión de ese tipo. Están Brasil, con Lula; Guatemala, donde también estuve porque el presidente había leído mis libros, y México. Lo que me interesa de un gobierno progresista no es sólo que distribuya la riqueza. Lo importante es que sea capaz de crear riqueza de una manera distinta desde el principio.
De eso trata mi nuevo libro, The Common Good Economy, que pronto aparecerá en español. La idea es que, para alcanzar el bien común, tienen que cambiar las relaciones entre el Estado, las empresas, el capital, los trabajadores y la ciudadanía.
Por eso México me parece tan interesante. Tiene un plan ambicioso, pero también enormes desafíos: un Estado que debe fortalecerse, un sector privado que debe transformarse y una desigualdad muy profunda.
Nuestro objetivo es aportar ideas para que el Plan México funcione mejor. Podemos equivocarnos, por supuesto. También hay muchos académicos y empresarios mexicanos haciendo aportaciones valiosas. Lo que proponemos es una manera distinta de crear riqueza y de repartirla desde el principio entre todos los que la generan: trabajadores, comunidades indígenas, empresas y sociedad.
Para que no termine concentrándose en 1%, como ocurrió durante la etapa neoliberal, y sigue ocurriendo.
—Queremos crear riqueza de una manera distinta y compartirla desde el principio.
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