Desde que el voto migrante me cautivó como línea de investigación, escucho una pregunta con frecuencia. Me cuestionan si el sufragio foráneo puede definir una elección. El tema me inquieta, ya que esconde un prejuicio. Muchas personas reconocen que los migrantes tienen derecho a votar, pero lo aceptan sólo si su decisión no altera el resultado. Pueden participar e inclusive hacer bulla en los consulados. Lo que no deberían hacer, según ese razonamiento tácito, es definir el rumbo político del país del que son parte.

La idea de que existen ciudadanos de primera y de segunda está presente en muchas naciones. Hay quienes lo asumen, aunque no se atreverían a reconocer que su pensamiento es segregacionista. Fue esa visión la que llevó al legislador mexicano a adoptar en 2005 un modelo de votación foránea sumamente restrictivo, a pesar de tener la segunda diáspora más grande del planeta.

Por eso en nuestro país nunca se ha dado el caso de que el voto foráneo revierta un resultado alcanzado dentro del territorio. En la elección más cerrada de la historia moderna (2006), hubo poco menos de 250 mil votos de diferencia entre el 1º y el 2º lugar. Los 33 mil votos extraterritoriales no representaron diferencia alguna.

La reciente asunción del poder de la Presidenta Fujimori me permite ahora contestar la pregunta con evidencia. El voto migrante sí puede decidir y, en Perú, acaba de suceder. Los ciudadanos de ese país acudieron a una elección para elegir mandatario. Dentro del territorio nacional, Sánchez ganó por apenas 32 mil votos. Ahí terminaría la historia si Perú no tuviera votantes fuera de sus fronteras.

Pero los tiene, y son alrededor de 308 mil los que sufragaron desde el extranjero. Entre ellos, Fujimori arrasó con casi el doble de votos que su rival. La diferencia le bastó para voltear el resultado y ganar la presidencia.

También Colombia realizó su ballotage. Abelardo de la Espriella venció a Iván Cepeda por 250 mil votos. Sin el voto exterior, esa diferencia hubiera sido mucho menor, cercana a 75 mil votos. El voto exterior no cambió al ganador, pero sí amplió su margen de forma sustancial.

Lo que hoy sorprende en América Latina, Europa del Este lo conoce desde hace tiempo. En 2024 Moldova celebró elecciones donde compitieron una candidata proeuropea y un contendiente prorruso. Si bien el segundo ganó en territorio nacional, la diáspora alcanzó una votación récord y respaldó con fuerza a la opción europeísta. Cuatro de cada cinco apoyaron a la hoy presidenta Sandu.

En los tres países, al triunfo de la diáspora le siguió una reacción similar. Los candidatos derrotados cuestionaron la legitimidad del resultado, como si las causas políticas de los migrantes valieran menos que las de quienes viven en territorio nacional.

Vale la pena tener en cuenta esos referentes porque el modelo mexicano está cambiando. Desde la reforma de 2014, el INE ha ido removiendo las rigideces que en el pasado dejaban fuera a la mayría de los migrantes. Ahora se puede credencializar en el extranjero y votar de forma postal, electrónica o presencial.

Seamos políticamente responsables. Los atributos ciudadanos no están vinculados al lugar de residencia. Nadie cuestiona que el campo pueda decidir una elección frente a la ciudad, ni que las mujeres puedan decidirla frente a los hombres. Ni la geografía, ni el género ni el color de piel despojan a nadie de su derecho a que su voto cuente igual que el de los demás. Cruzar una frontera tampoco debería hacerlo.

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