Hoy hace 131 años, José Martí cayó en batalla. Fue durante el inicio de la Guerra de Independencia de Cuba contra España. Escritor, pensador, periodista y político cubano, Martí es reconocido como uno de los iniciadores del modernismo literario en Hispanoamérica, pero también por ser una persona que defendió a su nación desde las ideas y mediante la palabra.
Actualmente, en tiempos de pantallas que alcanzan a millones de audiencias simultáneamente, canales de información abiertos permanentemente y un enorme ruido mediático, se mantiene vigente la misma idea que Martí impulsaba con enorme talento: reconocer el valor que tiene la palabra como herramienta de comunicación para construir la opinión pública.
En México, y gracias a los principios de democracia que dan origen a nuestras leyes, la política se sigue disputando en las urnas, aunque a la élite le moleste mucho. Ahí se expresa la voluntad popular y desde ahí se define la ruta de nuestro país. Pero a las urnas nunca llegamos sin una intención de voto; todo lo contrario, llegamos precedidos por meses de conversación pública, por debates en medios, por contenidos que circulan en redes sociales, por mensajes que se repiten en la calle, en la oficina, en el transporte, en el comedor y en los teléfonos, pues antes de votar, las personas conversan, escuchan, dudan, se informan, se enojan, comparan y deciden. Por eso, desde el 2018 la gente se hizo escuchar a través del voto y contra una conversación falsa, inventada y artificial que desde entonces ha querido contaminar la opinión pública, y de esta manera, influir en las decisiones democráticas del pueblo de mexicano.
Hablemos de este modo de operar, me refiero al uso de las sospechas para influir en las conversaciones. En los últimos años hemos visto una estrategia reconocible que ejecutan diariamente los simpatizantes de la derecha de este país. Primero lanzan una duda masivamente, a través de redes y medios corporativos; después la amplifican todo lo posible hasta transformar el mensaje (generado por ellos mismos) en un escándalo, y; finalmente intentan presentarlo como evidencia social. No es un método sofisticado, en realidad es muy antiguo y consiste en debilitar la confianza pública, exagerar conflictos, fabricar climas de deterioro y hacer que la ciudadanía discuta los problemas que ciertos grupos quieren colocar en el centro, mientras los problemas reales quedan desplazados.
Si es un método anticuado ¿por qué lo siguen utilizando? Principalmente porque los grandes medios mantienen una enorme capacidad para fijar la opinión pública. Hoy las redes permiten acelerar rumores, sembrar dudas y fabricar sensaciones de mayoría. Si a ello agregamos el uso de cuantiosos recursos económicos para ayudarse a posicionar personajes, campañas y contenidos, el modelo resulta aparentemente vigente. Sin embargo, esto tiene su límite sobre la realidad y ese límite es el territorio, ahí donde la vida de verdad acontece y sus esfuerzos comunicativos solo son la imagen proyectada de un volcán, mas no uno verdadero.
La libertad de expresión, que orgullosamente hemos defendido durante décadas a través de grandes movilizaciones sociales, primero como estudiantes y luego como servidores del pueblo, hoy es aprovechada como escudo para la mentira, la difamación, el insulto y el clasismo.
La información debe usarse con responsabilidad, y frente a ello, sustituyen el contexto por contenido lleno de pensamientos clasistas, tratando a las mayorías como personas incapaces de pensar por sí mismas; burlas contra quienes participan en movilizaciones populares; prejuicios raciales disfrazados de análisis político; descalificaciones contra personas beneficiarias de programas sociales; llamados de auxilio a fuerzas externas para que intervengan en asuntos que corresponden a la soberanía nacional; y solo denotan a través de ello, su desprecio a las instituciones, a la democracia y a nuestro criterio como pueblo de México.
Frente a esta realidad, la respuesta democrática requiere más inteligencia que enojo. Contestar cada ataque es lo que buscan, no caigamos en ese juego. Hay que recuperar la conversación pública, pero no solo en las redes sociales, sino en los espacios que aún son verdaderamente humanos, con la familia, en las escuelas, con los vecinos y con los compañeros del trabajo. Porque es en todos esos espacios, donde podemos escucharnos y reconocernos verdaderamente como mexicanos. Una transformación que deja de caminar y conversar en territorio, permite que otros narren una realidad a conveniencia.
Las urnas seguirán siendo el punto decisivo de la democracia y precisamente por eso es muy importante mantener la conversación pública a ras de piso. Martí entendió que la independencia se defiende con la palabra, en la conciencia y a través de la capacidad de pensar sin tutela. Hoy esa lección conserva valor; frente al golpe bajo de la mentira, el clasismo y la hostilidad, la respuesta más fuerte sigue siendo una política basada en la verdad, el territorio, la justicia y el pueblo participando con criterio propio. Tengamos presente sus lecciones, hoy más que nunca, nuestro pueblo necesita unidad.
Académico
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