Hoy hago esta declaración sin miedo a contradecir el discurso que he abanderado a lo largo de mi vida: me gusta el fútbol.

Me ha tomado tres décadas llegar a esta conclusión y darme cuenta que durante todo este tiempo no había huido del balón, sino de las consecuencias que había al patearlo; y es que por mucho tiempo sentí que mi habilidad deportiva tenía repercusiones directas con mi identidad para forjarme como hombre -incluso antes de ser niño- y no en mi capacidad para ser alguien que disfruta de una actividad física y de esparcimiento.

En mi mente está clara la imagen de mi padre, un hombre que habita entre la línea de lo varonil y lo macho, llevándome a la Mini Cancha a entrenar futbol con el uniforme rojiblanco que provocaba no sólo orgullo a él sino a toda una familia que aprendió a generar comunidad alrededor de una televisión cuando sus equipos eran llamados a la cancha a probar cuán buenos eran. A mis ochos años, se esperaba que yo también pudiera generar un equipo con quienes compartía espacio de entrenamiento, esto, claro, desde la alineación masculina donde la sensibilidad, la duda o la diferencia no tenían espacio. Fue ahí, en medio de esa presión donde me di cuenta de dos cosas importantes: la primera, que soy bueno para el futbol; la segunda, que a partir de ese momento me rehusaba a hacer uso de esa habilidad.

Es cierto que el futbol en México ha sido uno de los espacios más populares e influyentes a lo largo de los años, pero también ha sido un espacio donde las expresiones de LGBTQfobia han estado presentes de manera persistente, desde el popular grito homofóbico en los estadios públicos hasta la homofobia interna dentro de los equipos con sus jugadores abiertamente gays.

La normalización de esto continúa afectando no sólo la experiencia deportiva de las personas LGBTQ+, sino también repercute en el mensaje que reciben miles de infancias y juventudes que encuentran en el futbol referentes culturales y sociales.

Desafortunadamente para este sector de la población la discriminación es un acto que se repite en diversos espacios, datos de la apuntan a que el 55% vivieron discriminación más de una vez por su identidad o por su orientación, lo cual se relaciona directamente con mayores riesgos para la salud mental.

Así que «No me gusta el futbol», fue la confesión que hice antes de que un autogol lograra hacer que me dejaran de llevar a la mini cancha, y desde entonces tuve que vivir bajo ese juramento.

«No me gusta el futbol», me repetía, pero en realidad no me gustaba la crueldad que lo rodeaba. Sin embargo hoy, años después, reconozco en una nueva mirada hacia el balón que, cuando el futbol se limpia del machismo y de la exigencia de probar nuestras identidades, lo que queda es el juego en su estado más puro: una herramienta de conexión, de salud física y mental y de liberación.

Por eso me enorgullece formar parte del impulso a Línea Dorsal, una campaña donde jugadores de fútbol cambiarán su número oficial para portar en sus dorsales los dígitos de la línea de atención de The Trevor Project México, regalando así un mensaje de apoyo y esperanza a uno de los escenarios con mayor alcance del país, transformando de esta forma las alineaciones oficiales en un directorio humano con información de ayuda y acompañamiento. Se reconoce de esta manera que el deporte puede desempeñar un papel importante en la construcción de entornos seguros e incluyentes para juventudes LGBTQ+, especialmente en un contexto de discriminación, pues todes merecemos poder disfrutar del fútbol.

Si esta confesión cambia algo en mi pasado, o repercute en algo en mi presente, este es el momento para aceptarlo: Pá, a mí también me gusta el fut.

Colaboradore del programa de Intervención en Crisis de The Trevor Project México.

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