Hay indicadores que sirven para adornar discursos. Y otros que revelan la verdad de una economía. El empleo pertenece a la segunda categoría. Detrás de cada puesto de trabajo formal hay una apuesta por el futuro. Un empresario que decide invertir. Un trabajador que encuentra una oportunidad. Una familia que gana estabilidad. Una ciudad que genera riqueza. Por eso los economistas suelen llamarlo el “dato rey”.
Y si ése es el dato rey, los resultados de los gobiernos de la llamada cuarta transformación son difíciles de defender. Han generado pocos empleos en el país y todavía menos en la Ciudad de México. Los primeros meses de la administración de Clara Brugada son especialmente preocupantes.
Veamos primero el panorama nacional. Durante los años del presidente López Obrador y lo que va de la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum han sido creados 2.6 millones de empleos formales. Sí: apenas 346 mil por año en promedio. Nada que presumir.
Conviene decirlo con claridad. México arrastra desde hace décadas una incapacidad para generar los empleos formales que demanda su población. No ocurrió con el presidente Fox. Tampoco con los presidentes Calderón y Peña. Sin embargo, incluso frente a ese rezago histórico, los resultados de los últimos años destacan por su debilidad.
En todo el siglo XXI sólo el presidente Vicente Fox registró un desempeño similar. La diferencia es que las cifras palidecen frente a los resultados obtenidos durante los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Con López Obrador el empleo formal creció 9.9 por ciento; con Calderón, 16.5 por ciento –a pesar de la crisis financiera global–; con Peña, 25.5 por ciento. ¿Y qué ocurre en el año y medio que lleva la presidenta Sheinbaum? Un cuasi estancamiento: apenas 1.1 por ciento.
Como parece instalarse una narrativa resignada y conformista, algunos dirán que al menos el empleo sigue creciendo. Que desde el inicio de esta administración han sido creados 237 mil 800 puestos formales. Pero la verdadera señal de alarma está en la Ciudad de México. Aquí no estamos creciendo poco. Estamos destruyendo empleo.
Desde el inicio del gobierno de Clara Brugada la capital ha perdido 100 mil 987 puestos de trabajo formales. Es decir que la economía de la capital no sólo ha dejado de generar empleos: está eliminándolos. Pero hay un dato todavía más grave. Durante ese mismo periodo, en todo el país perdimos 144 mil 168 empleos formales. Eso significa que siete de cada diez puestos de trabajo destruidos en México corresponden a la Ciudad de México. Vale la pena repetirlo: la capital del país concentra el 70 por ciento del empleo formal perdido a nivel nacional.
Mientras Nuevo León generó 38 mil 579 nuevos empleos formales y Jalisco otros 24 mil 211, la Ciudad de México perdió casi 101 mil. La pregunta es inevitable: ¿qué está haciendo mal la Ciudad de México para explicar semejante resultado?
Esta pregunta debería convocarnos a una discusión seria sobre lo que está ocurriendo en la capital. La jefa de Gobierno tiene la responsabilidad de encabezar ese esfuerzo y hacerlo pronto. La pérdida de empleos cancela buena parte de los beneficios derivados del aumento de los salarios mínimos. La única buena noticia económica de este tiempo pierde fuerza frente a la incapacidad de generar más y mejores oportunidades de trabajo.
Por eso importa tanto el empleo. Porque es mucho más que una estadística. Es el indicador que mejor refleja la salud de una economía. Es confianza en el futuro. Es prosperidad compartida. Es cohesión social. Y hoy ese “dato rey” está enviando una señal inequívoca sobre la Ciudad de México.
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