En la visión del morenismo se ha consolidado la idea de que para mantenerse en el poder toda decisión se justifica. Con ese criterio han emprendido una serie de acciones con el objetivo de callar, amordazar, y deshumanizar a sus adversarios políticos. Se dieron a la tarea de colonizar los órganos electorales anulando en la práctica la autonomía del árbitro, de eliminar contrapesos abrogándose una mayoría calificada que no obtuvieron en las urnas —lo que es un fraude— y destruyeron la independencia del poder judicial para someterlo a sus designios. De la misma manera desmantelaron los órganos autónomos que ofrecían transparencia y regulación, y le adjudicaron esas tareas al propio gobierno convirtiéndolo en juez y parte, mientras que sin empacho alguno reservaron por años toda la información que acredita el manejo discrecional de los recursos públicos. Concentraron todo el poder en la figura presidencial desandando el camino por el que luchó durante años, entre otras, la corriente política que les dio origen, de la cual emanaron. Decidieron mentir y traicionar los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, porque sólo gobiernan para sus partidarios, porque ante sus ojos no todos son iguales, y porque en aras de preservarse en el poder son capaces de todo. De pactar con criminales para allegarse de recursos y votos, de utilizar la justicia para perseguir y encarcelar adversarios, y de ir minando poco a poco las libertades que consagra nuestra Constitución.

No les importa poner de rodillas a México. Prefieren defender a los suyos ante graves acusaciones porque el poder que detentan en muchos estados se ha construido a partir del pacto con el crimen organizado y la impunidad de la que gozan quienes se dedican a matar, extorsionar, secuestrar y lucrar con las personas. No les genera ningún remordimiento encarcelar y perseguir a sus opositores, mientras cobijan impunemente a quienes han traicionado a la patria ofreciéndose como espías o acordado con criminales para ganar elecciones. Y ahora han decidido limitar y coartar un bien sagrado que es la libertad de expresión. Quieren callar las voces críticas porque su narrativa mañanera ya no alcanza para tapar sus abusos. Con el falaz argumento del “derecho de audiencias” quieren cerrar todo resquicio de opinión crítica, de evaluación de su mal gobierno. Sin rubor alguno presionan a los medios tradicionales que no se les han doblegado, exhiben y denostan a periodistas que investigan y cuestionan, utilizan al árbitro para frenar toda expresión que los confronte y que les ponga nombre y apellido, y ahora —desde el gobierno— quieren regular qué es verdad o qué es mentira, ellos que mienten todos los días. La deriva autoritaria se consolida en cada paso que dan y para ello justifican lo injustificable, lo que no aceptarían de ninguna manera si viniera de otros. ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar? Poco a poco van consolidando esta oscuridad que los acompaña. Ya aprobaron que se puede anular una elección con el ambiguo argumento de injerencia extranjera. Ya sólo falta que, como en Nicaragua, concluyan que no habrá elecciones, no sea que el pueblo decida que el miedo cambie de bando y dé un grito de libertad.

Política mexicana y feminista

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