Soy tan pambolera como millones de mexicanos. Desde luego que disfruto del Mundial, de los triunfos de nuestra Selección, de la alegría de la gente que se unifica bajo los colores de nuestro equipo que son los de la patria, del pato Merlín (espero que Mordred no se salga con la suya en su interés de apropiarse de su fama y con ello destruir su magia) y, por supuesto, de la fiesta que rodea a todo esto. En tiempos de oscuridad, las satisfacciones y alegrías son asumidas como bocanadas de oxígeno y luces en el horizonte. Pero esto no implica que se olvide la realidad de todos los días y, particularmente, que aceptemos sin chistar que este certamen temporal quiera ser utilizado para que ignoremos que más de 130 mil familias están rotas, destruidas, agobiadas por el dolor y afanadas en la búsqueda de sus desaparecidos. Es cierto. Es un flagelo que data de años, pero nunca con la intensidad y dimensión de los casi 8 años morenistas. Tampoco con esta indolencia y desfachatez. Se habla de recibir una mascota en Palacio Nacional pero no a las madres y padres que desesperados buscan ser escuchados y que lógicamente utilizan el vitral que representa el Mundial para gritarle al mundo lo que pasa en nuestro país a ver si de esa manera el gobierno las y los escucha.

El oficialismo le apuesta a que pase a un segundo plano el clima de violencia que se vive en vastas regiones y, sobre todo, que se olvide que se haya pactado con el narco para hacerse del poder como sucedió en Sinaloa. Que el tiempo les haga el trabajo sucio. Pero es tan dolorosa la realidad de ese estado norteño que no hay margen para el olvido. Así lo han hecho saber organizaciones sociales y empresariales al advertir que, frente a las mentiras oficiales, la crisis de inseguridad ha impactado negativamente el empleo, la actividad económica y la viabilidad de miles de negocios. A la par, se intimida a los que denuncian como es el caso de la diputada priista Paola Gárate quien vive otra vez bajo la amenaza a su integridad y la de su familia como miles de sinaloenses. Y esto lo quieren ocultar con propaganda. Amparándose en un supuesto “derecho de réplica” nos dicen que no pasa nada, que Sinaloa y el país florecen bajo su mando.

Frenar esta destrucción e impedir que siga prevaleciendo este pacto criminal depende de las y los ciudadanos. Significa acudir masivamente a las urnas y ponerles un alto como en Coahuila. Pero esa elección demuestra también que en el contexto de polarización no hay tintas medias, lo que obliga a toda la oposición a una reflexión y, sobre todo, muestra que el oficialismo no está dispuesto a aceptar ningún resultado adverso aun cuando haya 30 puntos de diferencia. Por eso la unidad opositora no es opción, es una necesidad para cerrarle el paso a quienes prometieron la tierra prometida y nos llevaron al infierno que representa cederle la soberanía de regiones del país a los que extorsionan, matan, secuestran, se dedican a la trata de personas y reclutan de manera forzosa sobre todo a nuestros jóvenes. No hay lugar para el silencio o la inacción. Es tiempo de sacarles la tarjeta roja para salvar a México.

Política mexicana y feminista

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