Juan Pablo Camarena Cervera
Para la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estamos ante un momento histórico, la elección de la siguiente secretaría general coincide con el proceso de reformas más profundo en su historia. En las negociaciones, la agenda busca revertir la crisis financiera y restaurar la confianza en ella. Al escuchar a las y los candidatos a encabezar la secretaría, los Estados miembros y los donantes, la clave parece clara, una obsesión con los resultados.
Hablar de cualquier cambio en la organización, sin embargo, requiere identificar sus dos facetas. Por un lado está la ONU política en la que los Estados se reúnen para encontrar soluciones a los problemas más apremiantes, y por el otro la ONU de los proyectos, en la que las agencias llegan a todos los rincones para poner en práctica esas soluciones a través de programas e iniciativas.
Mientras que la gestión de los programas parte de una realidad administrativa, la definición de prioridades y sus presupuestos obedece a la realidad política. Esto ha resultado en la asignación de fondos a temas y tareas que no avanzan la agenda de la organización, mientras que las agencias compiten entre ellas por recursos al no contar con una clara línea de cooperación.
En consecuencia, es evidente un crecimiento desmedido de la organización que no ha traído un crecimiento proporcional en sus resultados. La actual iniciativa de reformas busca revertir esta tendencia, atacando los mandatos duplicados y las ineficiencias administrativas para poder canalizar esfuerzos y producir resultados concretos, medibles y cercanos a la población.
En paralelo, hace unos días se celebró la primera votación informal del Consejo de Seguridad sobre las candidaturas a la secretaría general. Aunque esta se realizó a puerta cerrada, reportes extraoficiales indican que Rebeca Grynspan y Rafael Grossi, cuyas campañas han sido de las más vocales sobre la necesidad de realizar mejoras administrativas, figuraron entre los tres mejor valorados. Si bien esto no garantiza que uno sea electo, sí deja ver que este es un tema prioritario para los miembros del consejo.
Pero la presión para aumentar los resultados también es económica. En mayo, Estados Unidos donó 1.8 mil millones de dólares a la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) de la ONU. En el anuncio, el departamento de Estado lo atribuyó a la alta eficiencia de OCHA y su capacidad de entregar resultados medibles. Considerando que el año pasado Estados Unidos cortó el financiamiento a la organización, esto parece una advertencia de que la nueva condición para recibir donaciones de Estados Unidos es poder traducirlas en resultados cuantificados.
Por ello, la combinación de las presiones institucionales, financieras, y de los Estados miembro anticipan un futuro cercano en el que la carta de presentación de la organización ya no sea solo su compromiso con la humanidad, sino que venga acompañada de cálculos detallados sobre su impacto en la paz, la seguridad, los derechos humanos y el desarrollo.
Co-fundador de Camargo International Consulting y Asociado del Programa de Jóvenes COMEXI. X: @camarena_mx
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