Para la fotografía, mi oficio, es toral entender que precisamente los fotógrafos del siglo pasado, tal como lo soy yo, que surgimos y nos formamos como fotógrafos antes de la era digital, hemos sido muy afortunados por haber llegado a ser fotógrafos en la cúspide de la perfección de los avances tecnológicos de la misma. Con los pasos agigantados que da la fotografía, desde principios del siglo XX, los fotógrafos podemos adquirir desde una sencilla cámara para instantáneas hasta las sofisticadas cámaras fotográficas que fabrican prestigiadas marcas como Hasselblad, Leica, Nikon, Cannon, Zeiss Ikon, etc, además de los aparatos modernos para medir la luz, los tripies, equipos de iluminación para determinadas escenas, todo esto aunado a los procedimientos químicos ya industrializados e infalibles que nos permitieron caminar por un terreno seguro sí se seguían cabalmente los principios técnicos que recomiendan Kodak y demás industrias dedicadas a fabricar cuanta parafernalia imaginen ustedes para los cientos de fotógrafos que surgen por doquier. El colmo llega a finales de los años 60 con los paparazzi de la película de Fellini La dolche Vita y a principios de los 70 con la aparición de los Beatles, que la ponen de moda, pues aparecen en una película jugueteando unos con otros, muy divertidos, con sus cámaras fotográficas en mano; y por el otro, por la película inglesa Blow-up, que idealiza a un atractivo fotógrafo, guapo y joven, que tiene un gran estudio y un laboratorio muy elegante para procesar sus fotos, que pasea por Londres en su coche “sportivo” descapotado y la pasa a toda madre en su gran estudio con muchas modelos hermosas y glamorosas a su alrededor que se le ofrecen y se revuelcan en los escenarios de atelier. Estaban muy de moda los fotógrafos entre los años 50 y 70 y por todo el mundo surgían nuevos aspirantes, especialmente en Norteamérica; se decía entonces que con las aguas del Río Misisipi se podían revelar los rollos fotográficos fácilmente debido a tantos químicos que se vertían por los drenajes de las miles de fotografías que se procesaban a diario.

Para mí no fue una moda mi interés por la fotografía, éste se origina cuando yo era una niña de seis o siete años, hacia los años de 1951-52, que estudiaba ballet dos veces a la semana, como una parte adicional de la educación de muchas otras niñas, como yo, de clase media. Para que yo me diera cuenta de lo que se trataba el ballet, mi madre sacó un libro del estante de los libros grandes, conocidos como libros de arte, que contenía impactantes fotografías en blanco y negro con escenas de varios ballets ejecutados por los grandes bailarines de la época, me impresionaron mucho las imágenes de las bailarinas con sus zapatillas de puntas cortadas para los bailes de “puntitas”, el maquillaje exagerado, las vestimentas con tutú, etc., pero lo que más me intrigaba era ver la foto del bailarín congelado en el aire durante su salto, mostrando toda su fuerza y musculatura, yo entonces le preguntaba a mi madre que cómo era posible que el bailarín no se cayera al suelo , que cómo le hacían para detenerlo en el aire. Con naturalidad, mi madre me explicaba que se trataba de una fotografía, que por eso lo podíamos ver en el aire brincando. Su respuesta no disipaba mi pregunta porque a mi corta edad yo no tenía la menor idea de cómo se hacían las fotografías; ocasionalmente le pedía yo a mi madre que me dejara volver a ver el libro de ballet que tanto me fascinaba y con esa interrogante fui creciendo hasta que a los 12 años le pedí a mi padre que me enseñara a tomar fotografías, muy gentilmente me enseñó a manejar su cámara, una Zeiss Ikon de formato medio (para negativos de 6X6 centímetros). (Continuará...)
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