En febrero de 2013 había un gran descontento en la UNAM, debido a una reforma al plan de estudios y a la expulsión de alumnos tras enfrentamientos en el Colegio de Ciencias y Humanidades Naucalpan. Ese año estuvo marcado por un fuerte conflicto estudiantil, paros y tomas de instalaciones, principalmente en el CCH.
En ese tiempo llegué por primera vez a Las islas de Ciudad Universitaria. Recuerdo perfectamente que fue apabullante estar ahí. La inmensidad de sus espacios, sus murales, sus edificios y sus jardines, habitados por jóvenes que no sólo aprendían una profesión, sino que sobre todo aprendían a ser, despertó en mí una sensación de libertad. Fue como encontrar la trinchera que buscaba, incluso sin saberlo.
El poder de las juventudes era inconmensurable: luchaban, se oponían, resistían, cuestionaban, reflexionaban, pensaban y se colegiaban para tomar decisiones. Entendí de golpe el sentido de comunidad. Me atrapó mi estirpe y me abrazaron los muros universitarios para siempre.
Fui invitada por uno de los académicos de la Facultad de Derecho para hablar sobre trata de personas, una problemática invisibilizada en México, un tema en ciernes que comenzaba a mostrar cruentas realidades. La Ley General en la materia había sido promulgada apenas un año antes, en 2012. La agenda pública comenzaba a nombrar una de las formas de violencia contemporánea más extrema que daba vida a la esclavitud moderna. Al finalizar mi exposición, las preguntas eran interminables, la indignación crecía recorriendo los pasillos, la problemática traspasó las paredes y la magnitud del asunto cobró su verdadera dimensión.
Precisamente una de las grandes virtudes de la Máxima Casa de Estudios es que no sabe callar; ahí todos los días se provocan conversaciones que en otros espacios son silenciadas. La UNAM no era ajena a este aberrante delito que cobraba fuerza en nuestro país; pero el silencio no pudo más que el ideal de justicia, la incomodidad no le ganó a la ética y la dignidad humana se sobrepuso a cualquier otra consideración.
Surgió de la colectividad universitaria la necesidad de hacer algo; comenzaron a nombrar la realidad, a darle voz a las víctimas y a exponer lo que había permanecido invisible. Fue ahí donde nacieron, junto con compañeras y compañeros de lucha, las asociaciones Uno a Uno Movimiento contra la Esclavitud y, dentro de la Universidad, Uno a Uno UNAM Movimiento contra la Esclavitud.
La comunidad universitaria templó mi voz y mi alma. En la Máxima Casa de Estudios me hice activista social y aprendí a luchar desde otro lugar y con otra fuerza. Una lucha que más adelante me llevaría a ser representante popular en San Lázaro, a trabajar junto a Tim Ballard en la organización Operation Underground Railroad, así como a impulsar desde distintos espacios acciones concretas para combatir la trata de personas, visibilizar el fenómeno y entenderlo como la nueva forma de esclavitud del siglo XXI.
El camino de la incansable defensa por los derechos humanos y fundamentales se lo debo a la UNAM, a sus estudiantes, a sus académicas y académicos, y a sus investigadores. Si hoy soy feminista, promotora del derecho al agua, apasionada del muralismo mexicano y una aliada de nuestros pueblos y comunidades indígenas, es gracias a esta institución viva y majestuosa.
Una institución extraordinaria en el sentido más amplio de la palabra, lo que, en gran medida, se debe al loable esfuerzo de inclusión y difusión que realiza Fundación UNAM, convirtiendo en realidad los sueños y anhelos de la comunidad universitaria.
La Universidad Nacional Autónoma de México se erige como una provocación permanente a la conciencia individual y colectiva. Es un reto persistente; ahí hace eco la voz de todas y todos, en especial de aquellas personas a quienes otros se han negado a escuchar.
Activista Social
@larapaola1






