Por Heidi Osuna
Hoy quiero compartir el mejor regalo que recibí de mi mamá: me enseñó a ser económicamente independiente, así como ella lo ha sido. Hoy entiendo que esa independencia ha sido fundamental para tomar mis propias decisiones y construir una vida con autonomía para mí y para mi hija. Porque la independencia económica no solo transforma la vida de una mujer; muchas veces también sostiene, protege y cambia el futuro de sus hijos.
Pero no todas llegamos a este día desde el mismo lugar. En México existen 11.5 millones de mujeres que crían solas; esto representa un tercio de los hogares del país. No porque así lo hayan decidido, sino porque alguien más decidió no estar.
Ser madre jefa de familia es hacer cuentas todos los días. Ver qué se paga primero, qué se pospone, cómo alcanza y quién puede cuidar a los niños mientras trabajamos. Es resolver lo urgente: la comida, la escuela, la salud, muchas veces sin el respaldo económico que por ley corresponde.
Aunque exista una pensión alimenticia, tres de cada cuatro hijos e hijas de padres separados no la reciben, según el INEGI. Y el 67.5% de las madres enfrentan la evasión de sus exparejas. La pensión no es un favor ni es opcional, pero muchas veces se trata como si lo fuera. Como si el bienestar de los niños dependiera de la voluntad de un adulto.
Cuando la pensión no llega, muchas madres resuelven como pueden: con dobles jornadas, con trabajos extra, con horas que no alcanzan. Ya de por sí, las mujeres en México dedican 21.5 horas semanales más que los hombres al trabajo de cuidados y del hogar, y eso es sin contar lo que se suma cuando el otro decide desaparecer.
La ausencia del padre no solo impacta el desarrollo de los hijos e hijas; también limita el de las madres. Una madre agotada tiene menos tiempo para acompañar, para estar, para impulsar. Y cada hora extra que trabaja para cubrir lo que debería ser responsabilidad de dos, es una hora menos para crecer, para estudiar, para levantar un proyecto propio.
La independencia económica no es un lujo. Es la diferencia entre elegir y sobrevivir. Y es mucho más difícil construirla cuando, por cada peso que gana un hombre, una mujer recibe 65 centavos, según la ENIGH 2024. Cuando además tienes la carga completa, la brecha no solo no se cierra: se hace más grande.
Hoy, a las que somos mamás de niñas, nos toca enseñarles que la independencia económica no es opcional. No porque sea un ideal, sino porque la realidad lo confirma todos los días: la pensión muchas veces no llega, la brecha salarial persiste y demasiadas mujeres siguen sosteniendo solas lo que debería ser compartido.
Mi mamá me enseñó eso: que tener independencia económica también es tener voz, opciones y libertad. Que la independencia económica hace mujeres y mamás más libres. Y quizá esa sea una de las herencias más valiosas que hoy nos toca dejarles a nuestras hijas.
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