Cuando termina una temporada, el primer impulso suele ser contar medallas; es lo normal para pensar que todo salió bien, pero quienes llevamos toda una vida en la natación sabemos que el verdadero balance no se hace únicamente con un medallero. Se hace observando si existe una generación capaz de sustituir a la anterior, si los jóvenes siguen creciendo y si el trabajo cotidiano comienza a reflejarse en distintos escenarios.

Y eso es precisamente lo que dejó esta temporada en la que los Juegos Centroamericanos y del Caribe confirmaron que México volvió a competir entre los mejores de la región. La natación, junto con las aguas abiertas, entregó actuaciones sobresalientes, récords y una cosecha de medallas que hace tiempo no se veía.

Los JCC se cerraron con 39 medallas: 22 de oro, 12 de plata y cinco de bronce, una cosecha que habla de profundidad y no solamente de uno o dos talentos aislados. Marcus Reyes, Jorge Iga y Andrés Dupont, Paulo Strehlke, Celia Pulido, Daniela Linares, Humberto Nájera, Ava Chávez y muchos más demuestran que existe un grupo con la calidad suficiente para aspirar a objetivos cada vez más grandes.

Pero la temporada no terminó ahí, ya que mientras la selección mayor brillaba en Santo Domingo, otra generación comenzaba a escribir su propia historia en los International Children's Games de Hualien, Taiwán.

Ahí, los jóvenes mexicanos también dejaron huella. Oscar Alejandro Hernández Rosales, de Toluca, conquistó dos medallas de plata, en los 100 y 200 metros mariposa, mientras que Ánder Mauricio Vera Reyna, de Aguascalientes, obtuvo plata en los 100 metros dorso y bronce en los 50 metros dorso. Cuatro preseas que, más allá del podio, representan algo todavía más valioso: la confirmación de que detrás de los actuales seleccionados viene una generación que ya sabe competir y ganar frente a rivales internacionales desde edades muy tempranas.

Competir desde edades tempranas frente a rivales de otros países acelera el aprendizaje y fortalece el carácter competitivo que después se necesita en los grandes escenarios.

A ello hay que sumar la participación de nuestros nadadores mayores en competencias internacionales de alto nivel en Sabadell, España, donde enfrentaron rivales europeos para cerrar el calendario competitivo. Ese tipo de eventos permiten mantener el ritmo, corregir detalles técnicos y seguir elevando el nivel antes de iniciar un nuevo ciclo de preparación. La alta competencia nunca sobra; al contrario, es una necesidad para quien aspira a competir con las mejores potencias del mundo.

También concluyó una intensa actividad nacional con la Olimpiada Nacional y diversos eventos que permitieron observar a cientos de jóvenes con enorme proyección.

Ese trabajo silencioso rara vez ocupa los encabezados, pero ahí es donde realmente se construyen los resultados del futuro.

Durante muchos años insistí en que el éxito internacional no aparece por generación espontánea. Es consecuencia de un sistema que funcione, de entrenadores preparados, de competencias constantes y de atletas que tengan la oportunidad de desarrollarse paso a paso. Cuando alguna de esas piezas falla, tarde o temprano los resultados desaparecen.

Hoy veo algo distinto, veo continuidad, veo una base más amplia y niños ganando experiencia internacional, juveniles consolidándose y una selección mayor respondiendo cuando llega el momento de competir. Por supuesto, todavía queda mucho camino por recorrer y nadie puede pensar que el trabajo está terminado. Al contrario, este es apenas el punto de partida del siguiente ciclo olímpico. Pero después de tantos años observando este deporte, puedo decir que hay una diferencia enorme entre ganar medallas aisladas y construir generaciones capaces de sostenerlas. Afortunadamente para la natación mexicana, esta temporada deja la sensación de que la cosecha obtenida no es el final de una historia, sino apenas el comienzo de una mucho más prometedora.

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