Las microrrealidades confortan. A la distancia los titulares que nos pintan un Estados Unidos dividido, con un presidente que azuza la xenofobia, por decir lo menos, que tiene atemorizados a los migrantes —no importa su calidad migratoria y el momento ni descendencia—, sin hablar de la guerra y la política internacional que nos lleva al abismo. Pero por fortuna no todo es Trump, una reciente invitación a un bachillerato de Denver, Colorado, me llenó de cercanías, historias personales y una renovada esperanza en los jóvenes que miran el mundo donde su curiosidad y compromiso les dan ilusión de futuro. Colorado es un estado demócrata, la ciudad de Denver también lo es y así se respira en las conversaciones y en las actitudes críticas. La ciudad de medio millón de habitantes que presume sus nevadas Rocallosas con paseos o retos de esquí, con un pasado indio, el comercio de pieles animales, un Buffalo Bill enterrado ahí. Hay una sensación de cercanía rural en esta ciudad donde el Museo de arte es una audacia arquitectónica con propuestas de curaduría de arte moderno y contemporáneo muy apetecibles.
Fue Paula Franco, maestra de español en DSS College View, oriunda de Manizales en Colombia, quien por sugerencia del escritor Octavio Escobar, me invitó a participar en el programa de lecturas con los alumnos cuya primera lengua es el español y donde ella se ha propuesto invitar a un autor por año. Los trescientos chicos que habían leído Cuando te hablen de amor o Camila y el cuadro robado comentó, jóvenes lectores entre 16 y 18 años, a punto de decidir sus rumbos, me devolvieron su entusiasmo creativo, la manera ingeniosa en que se apropiaron de mis libros y, un pequeño grupo, su interés por la escritura en el taller que compartimos.
Por iniciativa propia, pero estimulados por la maestra Franco y por el propio colegio, se dedicaron a armar un verdadero set emulando la tienda de vestidos de novia y la de vestidos de quinceañera (expendios de ilusiones) a las que me refiero en Cuando te hablen de amor. Varias de las alumnas llevaron los vestidos de quince años que habían usado para colocarlos escaleras arriba y en el balcón que miraba al foro donde las sillas se llenaron de alumnos como si asistieran a una boda y la mesa de gala del banquete nupcial nos recibió a la maestra Paula y a mí para conversar. Vestidos de imaginación desbordada, cada uno con propuestas de color inusuales, voluminosas faldas, escotes, colas. Y luego la Boutique que atiende Eugenia con su máquina de coser, el maniquí con un vestido de novia a medias que diseñó uno de los alumnos, que claramente quiere estudiar diseño de modas; por ahí un pastel de utilería, un menú singular que mezclaba pastas con gorditas veracruzanas y un trío de músicos que tocó la marcha nupcial y algunas canciones de Café Tacuba que menciono en la novela. Imaginen lo boquiabierta que yo estaba ante la dedicación a mi libro y su manera de expresarla en el set y sus preguntas, muchas de ellas referidas al tema del amor, a la ciudad de México donde ocurre la novela, a mi proceso de trabajo.
Platiqué con madres que venían de Chihuahua, alumnos que llegaron de Venezuela cruzando el Darién, chóferes como el que atravesó México y la pasó muy mal pero por fin llegó de la frontera entre Colombia y Venezuela a la ciudad de Denver. Escuché historias de padres deportados y madres que se quedaron. Historias duras en una comunidad escolar donde el 85% son mexicanos. En medio de sus realidades de procedencia y de la incertidumbre que ensombrece a las familias, me topé con estudiantes alegres, propositivos, quizás lectores, frente a un mundo que se abre cuando una maestra acerca un libro y una conversación.
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