Es necesario tener cierta fuerza en los brazos, en bíceps y hombros. Preferentemente seis personas acuestan al piloto y ahí inicia el trabajo pesado: Hay que bajar y subir los brazos, como lanzando arroz al cielo, como ofrendando ese cuerpo (no voluntario) a un dios olvidado. Y después… después inicia el vuelo.

Los mexicanos pasamos de lo que parecía una espera interminable a un sueño fugaz. Ocho años para preparar vialidades, estadios y aeropuertos para el . Meses previos de tensión, de protestas de madres buscadoras, de maestros, de polarización, de inseguridad…

Y de pronto, como toda la gente que a grito de “quiere volar, quiere volar” en algún momento se da por vencida, baja los brazos y se resigna al vuelo. Así, México entró a la Copa del Mundo: más resignado y escéptico que ilusionado.

Fueron cuatro vuelos maravillosos. La Selección Nacional le ganó a Sudáfrica, a Corea del Sur, a Chequia y a Ecuador. A cada partido, en cada vuelo, México parecía estar cada vez más cerca del cielo.

¿De dónde salieron tantas playeras verdes, tanto entusiasmo, tanta ilusión? Juan Gabriel resucitó de entre los muertos para reclamar su lugar como ídolo de este país.

Con una facilidad pasmosa se convocaron a cientos de miles y luego a millones de personas en las calles. Nos encariñamos con el andar cadencioso de un pato con playera verde.

Fueron 25 días desde el partido de inauguración del certamen hasta nuestra eliminación ante Inglaterra. 25 días que parecieron cuatro segundos suspendidos en el aire liviano.

Aquí en la tierra el aire es más pesado. Y sí, quisimos volar.

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