Hay personas cuya trayectoria profesional transcurrió dentro de oficinas, empresas o espacios tradicionalmente reconocidos por el mercado laboral. Y hay otras, millones en México cuyo trabajo ocurrió principalmente dentro del hogar y alrededor del cuidado de otras personas. Mi mamá pertenece a ese grupo. Como muchas mujeres de su generación, dedicó buena parte de su vida al cuidado cotidiano de su familia: cocinar, administrar una casa, acompañar enfermedades, resolver pendientes invisibles, sostener rutinas. Actividades que durante décadas fueron vistas como obligaciones personales o familiares, pese a que constituyen trabajo indispensable para el funcionamiento económico y social del país.

No recibió bonos, aguinaldos, vacaciones ni afore. Hubo otra cosa: una estructura social completa descansando sobre su trabajo. Porque eso es el cuidado, el sistema operativo oculto de la sociedad. Sin él, simplemente nada funciona.

Cada 10 de mayo México se llena de flores, restaurantes y discursos sobre el amor incondicional de las madres. Pero rara vez hablamos de que el país entero ha descansado históricamente sobre trabajo de cuidados no remunerado realizado principalmente por mujeres. Cocinar, limpiar, cuidar fiebres, resfriados, acompañar tareas escolares, comprar la cartulina a última hora los domingos, gestionar emociones, sostener hogares. Trabajo indispensable que produce bienestar económico y social, aunque durante décadas se haya tratado como si fuera una obligación moral femenina y no una actividad con valor económico propio.

La discusión importa más de lo que parece porque detrás de esa aparente “normalidad” existe una desigualdad estructural gigantesca. Mientras muchas mujeres sostienen jornadas dobles o triples de cuidado, sus posibilidades de estudiar, trabajar, crecer profesionalmente o incluso descansar se reducen drásticamente. El tiempo dedicado al cuidado es tiempo que el mercado laboral no remunera y que el Estado históricamente ha decidido ignorar.

Por eso resulta tan importante lo que se publicó esta semana en el Poder Judicial. El Octavo Tribunal Colegiado en Materia Administrativa de la Ciudad de México publicó una serie de tesis que reconocen algo profundamente relevante: que existe un derecho humano al cuidado y que la omisión de los congresos, particularmente el de la Ciudad de México, para regularlo es inconstitucional. Dicho de otra forma: el cuidado dejó de ser visto únicamente como un asunto privado que cada familia “resuelve como puede”. El tribunal reconoce que el Estado tiene obligaciones concretas frente a quienes cuidan y frente a quienes necesitan cuidados.

Las tesis son particularmente potentes porque nombran algo que durante años permaneció invisibilizado jurídicamente. Reconocen que las mujeres que realizan cuidados no remunerados tienen interés legítimo para reclamar omisiones legislativas que impidan el ejercicio pleno de sus derechos; que las labores de cuidado ameritan protección judicial reforzada; y que la ausencia de una normativa en materia de cuidados vulnera derechos como la igualdad, la no discriminación, el trabajo e incluso el derecho a defender derechos humanos.

Hay algo profundamente simbólico en que estas tesis aparezcan justamente antes del 10 de mayo. Porque obligan a replantear cómo entendemos la maternidad en México. Durante mucho tiempo romantizamos el sacrificio materno como si el agotamiento fuera una virtud y como si cuidar hasta desaparecer fuera una expresión natural del amor. Pero el amor no debería implicar precariedad y mucho menos debería ser invisibilizado.

Reconocer el cuidado como trabajo no significa mercantilizar el afecto; significa entender que existe una carga material, física y emocional que sostiene a la sociedad y que no puede seguir descansando únicamente sobre las mujeres de manera gratuita. Significa aceptar que el Estado necesita construir sistemas nacionales y locales de cuidados, servicios públicos suficientes, licencias parentales corresponsables y mecanismos que permitan redistribuir esa carga.

Cuando una mujer abandona su desarrollo profesional para cuidar, alguien se beneficia de ese costo invisible. Cuando una madre envejece sin pensión porque dedicó décadas al hogar, el problema no es individual: es estructural. Y cuando millones de mujeres viven esa misma realidad, entonces ya no estamos frente a decisiones privadas sino frente a un modelo económico completo que depende del trabajo gratuito femenino para seguir funcionando.

Quizá por eso el derecho al cuidado incomoda tanto. Porque obliga a ponerle nombre económico y jurídico a algo que durante años se sostuvo mediante expectativa social. Este 10 de mayo vale la pena agradecer, sí. Pero también preguntarnos qué significa realmente reconocer a las madres en un país donde muchas de ellas entregaron toda una vida de trabajo sin derechos laborales, seguridad social ni autonomía económica plena.

Mi mamá, como tantas otras, ha cuidado siempre. Hoy, aplaudo que una de las conversaciones más importantes para México empieza gracias a mujeres que cuidan, a mujeres activistas y a mujeres litigantes: ¿quién cuida a quienes siempre cuidaron de todos nosotros y nunca estuvieron en la nómina?

Comentarios