Leí la Odisea cuando tenía unos 15 años. No entendí mucho. La volví a leer hace 5 años, en la versión en prosa de Samuel Butler. Entendí más, me interesé más. Vi la película de Nolan hace tres semanas y no he dejado de pensar en la película. He leído todas las reseñas que se me han cruzado, todos los mensajes en redes que he tenido a mi alcance, todas las críticas que he podido. Releí, obviamente, el poema y la obra de Butler.

Sabía que quería escribir sobre el poema, la obra y la película, pero no hallaba cómo. Salí de la película satisfecho, pero, conforme pasaban los días, esa satisfacción devenía en sendas inquietudes, en muchos cuestionamientos. Me habría sido imposible verbalizar mi proceso, si no es gracias a Nicolás Alvarado y Aurora Cano. Escuché el episodio de La Pinche Complejidad en el que abordan el tema y por fin supe qué me pasaba.1 Como a Nicolás, a mí —conforme pasan los días— cada vez me gusta menos la película.

De todo lo que he leído y escuchado, no hay nada mejor que la opinión de Aurora Cano en ese podcast. Da en el clavo. El problema no es que Nolan haya prácticamente prescindido de los dioses y de sus gestos woke. No es, tampoco, no atenerse al texto de la obra original —recordemos que no era un texto, era un poema transmitido oralmente cuyo fin era educar y entretener, que se recitaba y seguramente fue reconfigurado miles de veces—. El problema no es la exactitud histórica o no —no sabemos si Homero existió, si hubo uno, dos o tres Homeros, ni dónde estaba Troya, aunque se presuma que se ubicaba en Turquía—. El problema es que cambia la estructura moral de la obra homérica y la sustituye por un código moral judeocristiano.

Para los griegos no había malo ni bueno, había moderación o excesos, punto. Por eso, las obras griegas no se resuelven con los dos amantes navegando hacia el horizonte, sino que la tragedia acaba en muerte y la comedia en ridículo, o sea, no acaban bien. El universo griego no era maniqueo —en blanco y negro—, sino un mundo habitado por la complejidad de los seres humanos. Esta complejidad se mostraba, sobre todo, en la figura del héroe trágico. A diferencia del héroe de hoy que se apega a ciertos valores morales, el héroe griego busca la grandeza; busca crecer, a costa de lo que sea, incluso de sí mismo. En esa búsqueda de grandeza los defectos cobran entidad, y sin moderación, serán la tumba del héroe. Por eso se representan en tragedias que muestran cómo se enferman de hybris (la enfermedad del poder, la soberbia) y cómo la phronesis (la prudencia que surge del conocimiento de uno mismo y sus límites) brilla por su ausencia.

En cambio, en el mundo de hoy, nos negamos a ver esa complejidad. Quizá la película sea una fiel muestra de esta evasión y, por tanto, de la pobreza espiritual de nuestros tiempos. Vivimos en la época de la simplificación de todas las cosas. Preferimos que nos digan quién es el bueno y quién es el malo para tener la satisfacción de ver el triunfo de los buenos —y que de preferencia nos lo digan mientras estamos sentados en una butaca o aplaudiendo en la plaza—. Quizá por eso Nolan prefirió representar a un Odiseo lleno de pesadumbre y de culpa por el saqueo de Troya, que al verdadero Ulises: embustero, tramposo, mentiroso, truculento e inteligente. Preferimos pensar que su odisea es una sencilla historia de amor, que él regresa a reunirse con Penélope porque, simplemente, la extraña; cuando en todo el poema apenas menciona que quiere ver a Penélope, y pasa 7 años acostándose con Calipso, más otro año entero con Circe.

Preferimos pensar que el que los pretendientes estén acabando con la hacienda de Odiseo, y todas sus tragedias a su regreso, son una merecida sanción por el saqueo de Troya, y, no, como lo dice el poema: el resultado de su hybris, de haberle revelado quién es a Polifemo, sólo por esa ansia de reconocimiento (su metis —inteligencia— lo saca de la cueva, su falta de phronesis —de contención— lo lleva a pasar 10 años más fuera de su hogar). Preferimos ver a Odiseo como merecedor de su odisea, de una odisea que no es retorno sino expiación de pecado. Preferimos ver un retorno lleno de culpa, a lo que realmente es: el viaje de regreso casa de un hombre excepcional, con grandes virtudes y grandes defectos, y a merced de los humores de los dioses, es decir, de la fortuna. Preferimos ver a una Atenea que llora, en vez de aquella diosa estratégica, calculadora, fría y que acompaña a Odiseo en cada paso de su retorno. Preferimos no ver a Aquiles en la casa de Hades, desmitificando a la muerte (ateniéndose al canon cristiano) y diciéndole a Odiseo que preferiría ser un “criado en la casa del hombre más pobre” a reinar entre los muertos.

El problema de Nolan es que al cambiar la estructura moral nos simplificó a nosotros y a nuestro universo. Empobreció nuestra vida interior y nos muestra un mundo que no existe porque simplemente no somos así. Somos, polytropos, seres de “muchos” (poly) “giros” (tropos). Es decir, como Ulises, somos seres complicados.

Cuenta de X: @MartinVivanco

Comentarios