Este verano deportivo nos ha regalado un privilegio poco común: Disfrutar —al mismo tiempo— del Mundial y Wimbledon, los dos eventos más importantes del año, en sus respectivas disciplinas. Sin embargo, más allá de coincidir en el calendario, representan dos formas muy diferentes de entender y organizar el deporte.
La FIFA fue audaz al organizar un Mundial de 48 selecciones, repartido en tres países y con 104 partidos. El nuevo formato ha permitido que naciones con poca tradición tengan mayor presencia y, en especial, varias africanas han dejado una magnífica impresión por su nivel competitivo.
Wimbledon, por su parte, reúne a 256 hombres y 256 mujeres, desde la fase de clasificación. Desde las rondas previas aparecen nuevos protagonistas, capaces de derrotar a figuras consagradas, confirmando que la renovación generacional es una constante en este deporte.
Hasta ahí llegan las similitudes. El futbol es un deporte de asociación, de equipos, que despierta un sentimiento de identidad difícil de igualar. Millones de aficionados sienten que representan a su país. El tenis, en cambio, es eminentemente individual, donde cada jugador construye su carrera con base en su propio esfuerzo y resultados.
Como ocurre en cada Copa del Mundo, tampoco faltan las polémicas. Hay quienes consideran que ciertos arbitrajes favorecen a determinadas selecciones, que las grandes figuras reciben trato preferencial, que el calendario beneficia a los equipos más poderosos o que la FIFA privilegia intereses comerciales, especialmente hacia Estados Unidos, como sede principal. También se cuestionan los elevados precios de las entradas, aunque la realidad demuestra que los estadios siguen registrando llenos.
La FIFA no es una organización de beneficencia. Es una poderosa entidad, cuyos socios son las federaciones nacionales, las cuales participan de las importantes utilidades que genera el Mundial. Por eso, resulta poco frecuente escuchar críticas públicas de quienes, al final del torneo, también reciben una parte del éxito económico.
En el tenis, sucede algo muy distinto. Los jugadores no dependen económicamente de sus federaciones para competir en los torneos profesionales, y probablemente sea lo mejor para ellos. De otro modo, una parte considerable de sus ingresos terminaría —desafortunadamente— en manos de los organismos nacionales.
La Copa Davis es el ejemplo más claro. Su prestigio deportivo permanece, pero ha perdido todo el atractivo, porque muchos de los mejores jugadores prefieren un calendario que les ofrece mayores recompensas económicas y deportivas. Al mismo tiempo, la alianza de tenistas profesionales de élite continúa con su silencioso boicot, presionando para conseguir una distribución más justa de los premios, especialmente en favor de quienes están lejos de los primeros lugares en el ranking.
El Mundial y Wimbledon, dos escenarios distintos, demuestran que no existe un modelo único para alcanzar el éxito. El Mundial moviliza naciones detrás de un balón; el otro, celebra el esfuerzo individual de quienes luchan con una raqueta. Ambos eventos, con difusión impresionante.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

