Estos últimos días han sido particularmente difíciles. Intensos y llenos de emociones encontradas, pero también desbordados de solidaridad, apoyo y muchísimo cariño. Aprecio profundamente los, literalmente, miles de mensajes que han inundado mis redes sociales con el respaldo de radioescuchas, el apoyo público de varios colegas y amigos en todos los sectores. Esta enorme respuesta de la comunidad contrasta, por cierto, con aquello de las “bajas audiencias”.

Como lo hice público, mi salida de MVS obedece a una decisión mutua para seguir caminos distintos. Y eso, lejos de obligarnos a construir el clásico cuento de buenos contra malos, debería permitirnos cerrar un ciclo con madurez, reconocimiento y afecto.

Los periodistas y quienes colaboramos en los medios no podemos convertirnos en chantajistas de quienes alguna vez nos abrieron una puerta y apostaron por nosotros. La libertad de expresión también convive con la libertad de empresa. Las decisiones tienen riesgos y consecuencias, y cada parte debe asumirlas con libertad y responsabilidad.

No tengo más que aprecio, cariño y lealtad por una compañía en la que me formé y a la que le debo la oportunidad de crecer en los medios. A la Familia Vargas le debo esa apuesta y esa confianza; me voy con gratitud y sin una sola cuenta pendiente, con el respeto de quien sabe todo lo que aquí aprendió.

Dicho esto, creo que el futuro de los medios pinta muy oscuro.

Bajo el paternalismo del “derecho de las audiencias” el gobierno apuesta por una prensa que lea boletines y limite las interpretaciones a voces autorizadas y siempre tibias. El gobierno apuesta a convertir los noticiarios en un espacio de aburrimiento y desconexión de la realidad que generará aún más rechazo a la información.

Más claro: El gobierno no quiere proteger a las audiencias, más bien, quiere que haya menos audiencias, menos gente informada es igual a menos problemas.

Hoy, más que nunca, urge una comunicación frontal. Utilizar un lenguaje directo, sin miedo a informar, pero tampoco a opinar. Urge nuestra lealtad para los únicos que realmente importan: nuestras audiencias.

Pretender ejercer este oficio con tratados del siglo pasado, en plena era de la inteligencia artificial, las redes sociales, los algoritmos y las nuevas plataformas, nos condenaría justamente a eso: a convertirnos en una reliquia del pasado.

La irreverencia no está peleada con la seriedad. La solemnidad no es sinónimo de importancia. Y el humor jamás ha sido la antítesis del profesionalismo.

Y sigo pensando que Miguel Ángel Yunes traicionó a sus votantes al avalar la reforma judicial; que los vándalos de la CNTE merecen la cárcel, que buena parte de la clase política mexicana se pudre entre arrogancias, simulaciones e ineptitudes y que, como lo hice y lo seguiré haciendo, es necesario decírselos en su cara.

De Colofón.- Estoy de viaje por el oriente, en Vietnam me doy una idea del periodismo al que aspira la 4T, el de la “prensa revolucionaria” (báo chí cách m?ng), el que informa, ataca, opina y educa lo que el poder le impone, sin tocar ni cuestionar jamás al poder, bajo pena por delitos de “abuso de las libertades democráticas”.

Pero, lejos de la politiquería, oriente es profundamente místico, Octavio Paz escribió sobre su encuentro con la India que fue “una experiencia singular, como mirarse en un espejo y ver aparecer otra persona que también, extrañamente, es uno mismo”.

Algo de eso siento en estos días.

Me tomaré un descanso necesario, para regresar con nuevos bríos, con grandes aliados a los que agradezco su confianza y apoyo que arribó sin buscarlo ni pedirlo pero sobre todo, para ser más libre que nunca. Nos leemos de nuevo el próximo jueves 3 de septiembre.

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