Pocas historias jurídicas han sobrevivido tantos siglos como el juicio del rey Salomón. El relato es conocido: dos mujeres acudieron ante él reclamando la maternidad del mismo niño. Sin pruebas concluyentes ni testigos que permitieran reconstruir los hechos, Salomón ordenó traer una espada y propuso dividir al menor en dos partes para entregar una mitad a cada mujer. Una de ellas aceptó la decisión; la otra renunció inmediatamente a su pretensión con tal de preservar la vida del niño. Salomón comprendió entonces quién era la verdadera madre.
Más allá de su dimensión religiosa, la historia revela algo fascinante: desde hace miles de años, los seres humanos nos hemos preguntado qué esperamos de quienes tienen la responsabilidad de juzgar.
¿Esperamos que sean sabios? ¿Compasivos? ¿Estrictos? ¿Creativos? ¿Imparciales hasta el extremo? ¿O simplemente que apliquen la ley tal como está escrita?
La respuesta nunca ha sido sencilla.
Aristóteles sostenía que la equidad era necesaria porque ninguna ley, por detallada que fuera, podía prever todas las circunstancias de la vida humana. La justicia exigía, en ocasiones, corregir la generalidad de la norma para alcanzar una solución razonable para el caso concreto. Siglos después, Montesquieu afirmaría que el juez debía ser apenas “la boca que pronuncia las palabras de la ley”, una figura discreta y casi invisible cuya función consistía en aplicar la voluntad del legislador.
La tensión entre ambas visiones persiste hasta nuestros días.
En las facultades de derecho de todo el mundo se sigue discutiendo el célebre caso ficticio de Los exploradores de las cavernas. Cinco hombres quedan atrapados dentro de una cueva; para sobrevivir, cuatro de ellos deciden sacrificar y devorar al quinto. Una vez rescatados, son juzgados por homicidio. ¿Debe absolverse a quienes actuaron bajo circunstancias extremas? ¿O la ley debe aplicarse incluso cuando sus consecuencias resultan moralmente perturbadoras?
Las respuestas de los distintos jueces imaginados por Lon Fuller continúan dividiendo opiniones. Algunos privilegiaron la finalidad de la norma; otros, la moral; otros más defendieron la necesidad de aplicar el texto legal sin dejarse arrastrar por simpatías personales o presiones sociales.
Tal vez ello ocurra porque juzgar constituye una de las tareas más complejas que puede asumir un ser humano. A diferencia de otras profesiones, quienes imparten justicia suelen enfrentarse a situaciones en las que todas las alternativas implican costos. Decidir quién tiene razón en una controversia familiar, determinar la responsabilidad penal de una persona o resolver conflictos que afectan derechos fundamentales exige mucho más que conocimientos técnicos.
Exige prudencia.
No es casualidad que la tradición occidental haya convertido a Salomón en símbolo de sabiduría judicial. La espada que pidió aquel rey bíblico nunca estuvo destinada a utilizarse; formaba parte de una estrategia para revelar aquello que las pruebas no podían demostrar por sí solas. Su grandeza no radicó en la severidad del castigo, sino en la comprensión de la naturaleza humana.
El derecho necesita leyes claras, procedimientos adecuados y garantías efectivas. Pero ninguna reforma normativa, por sofisticada que sea, podrá sustituir completamente las virtudes o defectos personales de quienes tienen la responsabilidad de decidir sobre la libertad, el patrimonio o los derechos de los demás.
Quizá la pregunta que hace a un buen juez continúa siendo relevante miles de años después del juicio de Salomón.
No basta la inteligencia sin sensibilidad. Tampoco la empatía sin rigor jurídico. La prudencia sin independencia puede transformarse en complacencia; la firmeza sin humanidad corre el riesgo de convertirse en crueldad.
En una época fascinada por la automatización y los algoritmos, conviene recordar que la justicia sigue siendo, esencialmente, una actividad humana. Los expedientes contienen hechos, normas y precedentes; pero detrás de cada caso existen personas cuyas vidas pueden verse profundamente alteradas por una decisión judicial.
¿Qué haría hoy Salomón?
Probablemente desconfiaría de las respuestas simples. Escucharía con atención, sería consciente de la enorme responsabilidad que implica decidir sobre otros y entendería que la autoridad de un juez no proviene únicamente del cargo que ocupa, sino de la confianza que inspira la rectitud de sus decisiones.
Después de todo, desde la antigüedad hasta nuestros días, la justicia ha sido mucho más que la aplicación mecánica de reglas. Ha sido un intento permanente —y siempre imperfecto— de encontrar sabiduría en medio de la complejidad humana.
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